Me gustaban los zapatos del uniforme. Eran zapatitos de cuero brillante, muy cómodos, y al parecer indestructibles –no descartaba la intervención mágica. Además no dejaban pasar el frio, y era muy reconfortante teniendo en cuenta que la nieve en Inglaterra caía fina como el polvo, y justamente eso era lo que hacía que se metiese en todos los recovecos que podía: el gorro de la túnica, las arrugas de la bufanda, los pliegues de la falda,… Pero mis pies siempre estaban calientes.
Pateé una piedra que había rodado desde algún sitio hasta el borde de mis suelas. Se perdió en la nieve recién caída, que tapaba los pastos que solían cubrir los terrenos de Hogwarts. Hoy se podía jugar con ella, así que prácticamente todos los alumnos retozaban alegremente y se tiraban bolas. Un niño de primero, larguirucho, con las orejas enormes rojas por el frio, se bajó el gorro de lana y preparó un proyectil para otro que estaba de espaldas intentando recoger suficiente nieve como para matar a un elefante de un bolazo. Se irguió, echó el brazo hacia atrás, y disparó. Acertó a la víctima en la espalda, así que se desequilibró y cayó de cara. Sus risas se entremezclaron con las de los demás. Sonreí tontamente.
Tenía la bufanda enrollada hasta los ojos, el gorro totalmente bajado. Mi vaho me calentaba las mejillas. Había metido las manos enguantadas en lo más hondo de mis bolsillos. Esa mañana en vez de medias llevaba unos leotardos tan gordos que casi eran pantalones. Y aun las varias capas de ropa, sentía el frio colarse por los agujeritos de los botones de la túnica. Pero era agradable. Siempre me había gustado hacerme un ovillo al lado de la ventana, o sentada en un banco como aquel, abrigarme hasta lo imposible y ver el frio pasar fuera. Yo era una fortaleza impenetrable de sangre y calor, y a la vez me asfixiaba tanta ropa y sentía el impulso de empezar a quitarme cosas. Es igual que cuando te asomas desde un sitio muy alto, y la sensación de vértigo te agrada.
Todas mis horas libres bajaba las escaleras desde la torre de Gryffindor, me sentaba en ese banco de madera y hierro, y jugaba a asarme. Era lo único que tenía ganas de hacer.
Las clases iban bien. Aburridas. Las revistas y los libros siempre decían lo mismo, por los pasillos siempre pasaba la misma gente. En mí ventana siempre estaban las mismas cartas, y en mi mesa los mismos amigos. Llovía siempre hacia abajo, y además llovía siempre. Tenía cinco pares de calcetines de inviernos, y me los ponía siguiendo siempre el mismo orden de color. No sé por qué. Ya no había más cosas que ordenar en la habitación, más deberes que adelantar, más chucherías que probar ni más temas de conversación sobre los que discutir. Pero, fuera, aunque pareciese que todas lascaras sonrientes eran las mismas, para mi eran caras diferentes. Personas que no conocía y que no me conocían, vidas que sólo podía jugar a adivinar, reacciones impredecibles –aunque se tratase de hacer un muñeco de nieve-. Me sentaba en el rincón donde nadie te ve y tú lo ves todo.
No quería contacto humano. Andar por los pasillos era una tortura que mi mente intentaba ignorar con mentiras. Sety yo ya nonos veíamos, porque él ahora estaba haciendo lo que quería desde hacía tiempo. Todos estaban ocupados con los exámenes y los cumpleaños, que parecían no acabar nunca. Por un lado echaba de menos estar con Horace, Zoile, Itszuki, Dimas y Denys. Por otro me sentía egoísta por querer siempre acaparar a la gente de mí alrededor y atarlos para que no se fueran nunca. Todos tenían vidas que también necesitaban ser atendidas. Quería que Danna no existiese, y no la había vuelto a ver ni a saber de ella. Mi subconsciente me recordaba todos los días su existencia.
Vuelve a nevar, y a veces el frío hace que me lloren los ojos. Justo cuando pienso que llevo semanas escapándome a este lugar y nadie ha venido aun a buscarme.
- No sé por qué me empeño en quedarme aquí en vez de salir corriendo.
Eiroco --- 10/11/2008 08:12:00 PM
............
Circle picoteó insistentemente en mi ventana. Tan insistentemente que alguien me tiró un cojín a la cara y me gruñó:
¡Joder, haz algo con el pollo o lo aso para desayunar!
Me desperecé a duras penas, pasando cual vampiro a punto de ser carbonizado por la luz frente a la ventana, aparté las cortinas lo mínimo necesario y dejé pasar a mi lechuza maldiciendo.
Era sábado a las once de la mañana, mi plan había sido quedarme entre las sabanas hasta bien pasado el mediodía, y suponía que también el de todos los demás. Por la tarde iríamos a Hogsmeade a celebrar mi ya pasado cumpleaños ahora que era fin de semana, cervezas de mantequilla y calor en medio del frío Enero. Y después, después…
Abrí la carta ignorando su color escarlata y las ganas con las que Circle se había desprendido de ella. Fue demasiado tarde cuando se hinchó peligrosamente sobre mis manos y dio un salto en el aire.
-¡FELIZ CUMPLEAÑOS HORACE! ¡HAPPY BIRTHDAY TO YOU¡ ¡HAPPY BIRTHDAY TO YOU..!
El Vociferador cantó alegremente el Cumpleaños Feliz en cuantos malditos idiomas supiesen Silvia e Itszuki. Y no eran pocos. Pareció hacerse el silencio en la habitación durante los –eternos- minutos que la cartita delos cojones voló de un lado hacia otro dando voces. Por último cayó al suelo en una pequeña explosión y una nube de humo oscuro. Quemó la ya de por sí estropeada alfombra rojo oscuro. Pasaron unos segundos hasta que sentí todas las miradas de odio contenido hacia mi persona.
-Te odio.
-Profundamente.
- FUERA.
Al rato ya estaba duchado, vestido y almorzando en el casi vacío comedor, pensando en una dulce venganza. De todos modos hacía un día extrañamente soleado, me habría sabido un poco mal perderme una mañana en la cama cuando podía acabar las tareas para clase y algún que otro asunto pendiente. Pero de todos modos, el Vociferador eran palabras mayores.
Terminé todos mis deberes antes del mediodía, incluso me había sobrado tiempo para hojear algún que otro libro de hechicería en busca de un conjuro para convertir tu sopa en barro o que tus zapatos te hicieran bailar hasta pedir perdón. Me apunté una veintena bastante buenos que podría utilizar en otra ocasión y bajé a toda prisa para ir a comer a Hogsmeade a la hora a la que habíamos quedado. Evidentemente, Silvia e Itszuki me miraban con los ojos brillantes, cuchicheando entre ellas.
- Llegas tarde - Zoile se levantó después de anudarse bien los zapatos.
- Perdón, es que me acabo de levantar.
- …Qué estarías haciendo para trasnochar ayer.
- Cosas que una dama como tú no debería ni imaginar.
- ¿“Una dama como yo”? Creo saber mucho más del mundo que tu Heguy - la Gryffindor se cruzó de brazos medio sonriendo.
- Lo dudo –le contesté a la sonrisa.
Zoile estaba últimamente muy insistente con el tema, quizá iba siendo hora de contarle algo… seguro que se lo olía. Aunque no todo.
Le revolví el pelo para no terminar perdiendo en la guerra verbal.
- ¿Cómo que te acabas de levantar si…? ¡Si es muy tarde! - Silvia replicó a la vez que llegaba Dimas haciéndose un hueco ente la morena y yo.
- Eh, eh, ¿qué son estas confianzas, pianista? ¡Cada oveja a su corral y quien siembra vientos recoge tempestades!
- Nunca debí regalarte ese libro de refranes muggles.
- ¡Aparta, pesado!- Zoile se zafó del brazo de el playboy le había pasado sobre los hombros.
Conseguimos llegar a los carros sin que Dimas se convirtiera en eunuco –milagrosamente, quizá Zoile también tenía un par de cosas que contarme- y con las autoras del Vociferador de morritos, no sabiendo bien si las estaba timando o si el plan había fallado estrepitosamente.
Fuimos a comer a Las Tres Escobas con su menú de dudosa calidad basado en bocadillos calientes y salchichas de todo tipo. Denys miró con aprensión su “Especial del día” y acabó comiendo un poco de cada uno de nuestros platos. Después recargamos nuestras reservas de dulces y dimos un paseo largo rodeados de otros alumnos por todo el pueblo –y eso no eran muchos metros cuadrados. Sinceramente estaba prestando poca atención a todo, tenía otra preocupación en mente. La semana pasada le había enviado una nota corta a Demian cambiando nuestra cita. Tan corta que sólo ponía día y hora, y no había recibido contestación. Dudaba entre que estuviera de nuevo haciéndose el interesante y en que realmente no le hubiese llegado la nota. A cada segundo prefería una opción diferente. A decir verdad era mucho más fácil huir de todo aquello ahora que acababa de empezar, antes de que fuera a más.
…de algún modo, ya había llegado demasiado lejos.
Volvimos a Hogwarts justo a la hora de cenar, cargado de los regalos que me habían hecho (y con una infantil ilusión por utilizarlos todos inmediatamente). Los elfos domésticos se habían puesto de acuerdo para hacer una super-cena de cárnicos y salchichas. Debíamos ser los únicos de todo el gran comedor que elegimos una ensalada ligera. Cuando nos despedimos en las escaleras de la Torre, creía haber superado ya mi límite saludable de nervios.
Me tiré en la cama, con la habitación totalmente desierta. Sábado por la noche, seguramente la mitad estaban en un habitación que no era la suya o haciendo trastadas en otros lugares del castillo. Pero yo estaba realmente cansado. Ya no se trataba del cansancio habitual por la monotonía de las clases –esa desgana- sino que arrastraba un malestar pulsante desde las vacaciones. El cambio brusco de la tranquilidad al sentir que siempre hay alguien velando por ti en la noche (o al menos aprovechándose de tu maldita pasividad) a el choque contra la dura realidad de vuelta a casa. Me había gustado ver a mi prima pequeña, Cora, de nuevo, incluso a mis tíos. Pero no soportaba el fantasma de mi madre siempre alrededor de mi cuello, asfixiándome. A veces deseaba que todo acabase, que dejase de sufrir y hacerme sufrir de una maldita vez por pecados que no eran míos, inmediatamente después el sabor de la cobardía y la culpabilidad me llenaba la boca, me daba ganas de vomitar.
Sólo podía oír el sonido de la voz del abogado mágico intentando convencerme de que era el único heredero masculino, y sin mí el apellido Heguy se acababa. Algo que me parecía realmente insignificante frente al hecho de que mi madre estaba casi agonizando en una cama fría y demasiado grande en algún hueco de lo que un día había sido mi hogar. Pidiendo ver a un hombre que ya no existía, gastando su último aliento en lo que llevaba siempre gastándolo, egoísmo. Y a mi qué más me importaba que se acabase la familia. Ojalá fuese cierto y pudiese acabar con la puta maldición de una sangre que no era más roja que ninguna otra, sólo más podrida. Era capaz de renunciar a un matrimonio deseado si eso hacía que todos se fueran a tomar por culo.
Me pasé los dedos por el pelo, sentado en el borde de la cama. Ya volvía a pensar en la historia interminable de siempre. Aquello me estaba amargando demasiado, y ya sabía cual era mi única forma de escapar, encontrar una forma de subsistir por mi mismo una vez acabase en Hogwarts. Evidentemente, la familia no iba a dar nada por mí si no me prometía con una sangre pura y le ponía un churumbel en el horno.
Jacques entró en la habitación con los demás y decidí que era hora de meterme en la cama, aunque tendría que salir de ella horas más tarde. Sorprendentemente conseguí dormirme unas horas hasta desvelarme por el calor que me daban las mantas, alguien había dejando encendida la chimenea.
Salí a hurtadillas de la Torre de Gryffindor con una camisa blanca y unos pantalones grises. Seguramente parecía una niñata histérica de quince años con su primera cita… que básicamente era en lo que se había convertido aquello. Cita, una cita. Ni hablar, esto no es una cita. Demian Firesoul no tiene citas, y Horace Heguy tampoco. Pfff, “una cita”, venga ya. Esto es una escapada, eso es lo que es. Un rollo de dos noches y que te vaya bien. No soy tan idiota como para confundirlo con una cita. Las citas son cursis, con vino a la luz de las velas y pétalos de rosa, sabanas de seda y violines de fondo. Las citas no implican quedar en medio de la noche en un lugar oscuro o asaltar a alguien de madrugada para…bueno. Cosas.
Llegué al aula abandonada antes de lo que hubiese pensado. Afortunadamente Filch estaría jugando a cartas con su gata, porque no había estado poniendo atención a mis pasos o al eco de mi respiración. El aula tenía la puerta entreabierta y no salía luz de ella, si no fuese por la varita y la poca claridad que entraba por las ventanas el pasillo hubiese estado en total oscuridad, y tranquilidad. Lo más seguro era que Demian hubiese tenido mejores cosas que hacer o que le hubiese parecido una ofensa lo de cambiar la cita a ultima hora. Quizá entraba en el aula y medio Hogwarts me esperaba para reírse en mi cara por haberme creído al mentiroso y farsante más grande de todo el colegio. Quizá entraba y me estaba esperando. Podría haberme dado media vuelta en ese preciso instante, volver sobre mis pasos, entrar en mi cama, despertarme a la mañana siguiente sintiéndome libre de ese nudo en el estómago que me atormentaba. También podía perder un momento irrepetible, que me susurraba tiempos no mejores, pero si diferentes.
Sabía que esa era la boca del lobo, no me esperaba nada bueno al otro lado, no habría felicidad ni satisfacción. Sabía que todo esto acabaría afectándome sentimentalmente, si no lo hacía ya. Ni siquiera era una vía de escape, sólo era otra cruel realidad, sólo otra carga, otra preocupación. No era práctico, ni útil, no atendía a ninguna lógica. Y, sin embargo,… no había nada que me atrajese tanto como él.
Apoyé la mano en el brillante pomo de la puerta y la abrí. Al otro lado había vino, velas, un piano y una manta roja, colocado en un cuidado desorden. Si no le hubiese visto a él, sentado sobre la tapa del viejo instrumento, vestido con camisa y pantalones negros, mirando intensamente hacia donde yo estaba –no, a mí-, hubiese pensado que era una cita. Pero Demian Firesoul no tiene citas, tiene pieles fáciles de olvidar. Pieles como la mía.
Cerré la puerta instintivamente a mi espalda y me acerqué a él sin apartar la mirada, aunque costase.
- Llegar demasiado pronto también se considera impuntualidad – sonrió- ¿tantas ganas tenías de verme?
- Si quieres me voy y me tomo un café antes de volver –subí las cejas ruborizándome como un gilipollas. Bendita fuese la poca iluminación.
- No quiero que te vayas.
Lo susurró, pero yo ya estaba lo suficientemente cerca como para oírle claramente. Bajé la mirada hasta el vino para tratar de cortar la fina conexión que se había creado entre nuestros ojos.
- ¿Mi regalo de cumpleaños es mi primera borrachera?
- …¿”Primera borrachera”? –rió suave bajándose de la tapa del piano.
- Algunos invertimos nuestro tiempo en cosas mejores.
- En escapadas nocturnas con Slytherins… ¿por ejemplo?
- Por ejemplo –sonreí.
Supuse que no eran las cervezas de esta tarde, porque ya hacía mucho de eso, pero me sentía muy despierto, muy…valiente.
- Te regalaré eso en otra ocasión…pero hoy es algo diferente - igualmente me sirvió una copa de vino de la que bebí. Dulce.
- Dame una pista.
- Está dentro de mis pantalones.
- …
Me ruboricé tanto que era imposible que no se diese cuenta, pero si lo hizo disimuló muy bien, le agradecí el gesto más de lo que pudiese imaginarse. Dio un paso hacia mí, lo suficiente como para quedar a mi lado, muy cerca, muchísimo. Seguro que volvía a ser una de sus trampas.
- Pero mi condición es que lo cojas tu mismo –sonrió de lado, a contraluz sus ojos seguían siendo tan transparentes como siempre, su sonrisa la misma, pero tenía la sensación de que se sentía más cómodo en la sombra.
- …De acuerdo.
Descrucé los brazos y baje la mano a la altura de su cintura. Sabía que era un truco, las velas, el vino, el piano, todo era un truco. Un truco perfecto. Él me daba el compás, yo improvisaba tal y como pensaba que lo haría. O eso era lo que él creía. Yo también tenía mi propio compás, era más simple, más efímero, más ligero, pero mío. Dirigí por un segundo mi mano a su abdomen, rocé la plateada hebilla de su cinturón con mis nudillos blancos…y cambié el rumbo hacia su bolsillo. Cuando saqué un pequeño paquete del interior y lo examiné, Demian estaba sonriendo maliciosamente.
-Ábrelo –obedecí.
Dentro había una cadena de plata de hombre, un aro plateado, liso, plano y mate colgaba de ella. El nudo de mi estómago se deshizo para convertirse en un torbellino. El fuego de las velas se reflejaba en la superficie, parecía estar en llamas. Como toda la estancia.
- Nunca te he visto llevar anillos, así que supuse que no te gustaría ponértelo en los dedos. Por eso está en la cadena.
Era hermoso. Sencillo, sutil. No era un regalo pomposo ni recargado, nadie iba a verlo nunca si yo no quería. No tenía ninguna inscripción que nombrase a Demian como su propietario. No era la clase de regalo que se hace a alguien sólo para que los demás lo reconozcan ni para comprar a una persona. Era un detalle mínimo y personal. Un regalo especial para una persona especial.
- ¿…Me lo pones?
- Por supuesto.
Lo cogió de mis manos, que temblaron al dejarlas caer con la pequeña caja negra vacía, y pasó ambos lados de la cadena alrededor de mi cuello, apartándome el pelo, distraído intentando abrocharla. Lo consiguió en menos segundos de los que me habría gustado, era más fácil mirarle si él no me miraba a mi. Me aparté para darme el placer de respirar por un segundo un aire que no estuviese contagiado de su perfume, pero, de alguna forma que desconocía, el piano ahora estaba a mi espalda y me impedía retroceder. Tampoco me parecía tan cruel sólo poder respirar a Demian.
- ¿Te gusta?
- …Sí – Mucho, muchísimo. Era incapaz de hablar con la boca totalmente seca. Pareció darse cuenta.
Venció los escasos centímetros que nos separaban rozando sus labios con los míos, pero se quedó a un suspiro de mi boca, mientras su mano se escurría hábilmente por mis costillas hasta mi espalda. Quería que le besase yo. Me lo estaba susurrando con los dedos. Te toca a ti, valiente. Tu decides. No sabía si quería que me atreviese, o es que en realidad era él quien no tenía tan claras las intenciones. Puede que me estuviese dando realmente la opción de elegir. Si me besas, eres mío. Nunca tuve opción. No quería tenerlas. Le besé.
Creía que en la vida todo dependía de las decisiones que tomásemos, no existía nada parecido al destino. Yo había elegido tirarme a aguas turbias, sólo sospechando que había al otro lado. Más tarde lo descubriría, no iba a ser agradable, pero sí era mi decisión. Y como tal nunca iba a arrepentirme.
Casi me arrancó la camisa, destrozando algunos botones. Fui yo mismo el que se subió al piano en busca de algo sólido que me sostuviese mientras caía en un futuro impredecible. Él me agarraba con tanta fuerza que pareció ayudarme para que la caída no fuese tan dura.
Nunca creí que el cuerpo de otra persona pudiese ser tan ligero encima del mío, que se pudiese arrancar música de un piano sin tocar sus teclas o que me pudiese mirar de esa forma que me quitaba el aliento y me daba el suyo, un aliento nuevo y caliente, lleno de vida y de oportunidades. Un aliento tan intenso, que tenía que ser efímero.
Solos, los dos, y a la vez juntos, amanecimos sobre un maltratado piano, cobijados bajo una manta verde Slytherin. El mundo amaneció diferente estando a su lado.
Rinoa --- 7/27/2008 11:34:00 PM
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Mojé la plumilla en el tintero, la gota sobrante resbaló lentamente y cayó de nuevo a su contenedor.
“Querida hermana,”
La pluma paró en la coma, falta de ideas. El plan era una de esas cartas vacías para que la familia no se preocupase. Sigo viva y blah blah. El profesor de Estudios Muggles no se cree que existan los sillones de masaje. Pero no tenía ni las mínimas ganas de escribir. Era viernes e incluso había acabado los deberes para la semana que viene, buscando en estar atareada una especie de vacaciones mentales.
“Querida hermana,
Vine a Hogwarts sólo para ver a Danna (sí, la misma). El otro día casi la mato porque sufrí un ataque. Y he extorsionado a un alumno para que se case con ella. Creo que es hora de que vuelva a casa para huir cobardemente.”
Eso era lo único que podía escribir, y lo único que no debía. Hice el pergamino una bola arrugada y lo tiré a la chimenea. Un cuadro me miró mal y señaló al cartel que decía claramente que no utilizásemos la chimenea de papelera. Subí las cejas e ignoré a la pintura, tapando el tintero y dando la carta por imposible.
Tenía el regalo para el cumpleaños de Horace en la falda, escondido en una bolsa. Era un pensadero pequeñito. Muy pequeño, a decir verdad. Tenía el diámetro de una taza normal, y como mucho dos o tres de mis dedos de profundidad. Estaba hecho del mineral correspondiente: una especie de piedra densa y pesada, gris, la única capaz de contener los recuerdos. Su acabado era pulido, no tenía inscripciones ni ninguna clase de ornamento. Primero porque ya me había costado semanas de paga poder comprar el más barato que había encontrado, segundo porque no me parecía un objeto que debiese poseer ningún tipo de símbolo o dibujo. Pero había merecido la pena. Estaba segura de que Horace era el tipo de persona que querría conservar algunas de sus memorias.
Acaricié el frio mineral mientras subía las escaleras para guardar el regalo en mi baúl y, de paso, ponerle un lacito. En la tienda había visto otro pensadero, de forma triangular, que también era bonito, podría haberlo comprado si sacrificaba unas semanas de caramelos de Honeyduckes. Pero si no tenía un pensadero a mano, evitaba el utilizarlo. Miré el de Horace antes de envolverlo, jugueteé con él entre los dedos.
- Yo y mi estúpida manía de probar los regalos antes de darlos…
Me puse la varita en la sien con un suspiro. Qué fácil es dejarse caer en la tentación. No tenía ni idea de cómo funcionaba realmente. Supuse que tenía que pensar con fuerza en un recuerdo en concreto y desear que saliese. Básicamente la magia se movía gracias al poder de convicción. Me concentré en un acontecimiento en concreto, cerrando fuerte los ojos, y una hebra líquida de plata se escurrió por mi mejilla y mi barbilla hasta el pensadero en un goteo discontinuo. Torcí el gesto, quizá no era tan fácil, había visto a magos hacerlo con más soltura.
Había pensado en una vez, un día, años atrás. Yo había entrado en la habitación de las chicas en Beauxbeatons y me había encontrado a Danna, sola, leyendo un libro casi más grande que ella –y eso que era una de las chicas más altas del curso- y levantó la mirada al verme. Se ruborizó por un instante. En aquel momento pensé que, con lo fácil que me era hacer amigas, no entendía como a aquella niña tímida con los ojos verdes parecía costarle tanto. Siempre se apartaba de los demás. Me senté a su lado y le dije que ahora era mía. Le gustase o no.
Sonreí viendo la arremolinada mezcla dar vueltas en el pensadero. Volví a introducir los recuerdos en mi mente sin utilizarlos. Podía volver a ver esa escena, y cualquiera, siempre que lo desease. Pasear en ella, mirarnos llenas de vida, sólo me iba a quitar cada vez un poquito de la mía.
Envolví el regalo con papel granate y le puse un lazo dorado. Lo guardé bajo un suéter de punto grueso y blandito. Cerré el baúl.
- ¿Qué tramas? – tuve un sobresalto. Zoile se tiró en su cama despeinándose.
- ¿Por qué tendría que estar tramando algo? – me hago la ofendida sacudiéndome las rodillas de las pelusas de la alfombra.
- Siempre estás tramando algo.
- No es verdad.
- Si tú lo dices.
Pensé un momento.
- ¿…a Horace no le hará gracia un pastel explosivo este fin de semana, verdad?
Zoile se rió suavemente desde su dosel.
Eiroco --- 4/07/2008 09:39:00 PM
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Pensaba que sabía lo que era el miedo. Que sabía afrontarlo cuando era necesario, excepto cuando mi hermana lo usaba para subyugarme a ella. Porque ella sabía usar los miedos de la gente como nadie. Y qué hermana mayor no conoce los mayores temores de su hermana pequeña.
Pensaba que Silvia ya no corría peligro al haber logrado separarnos. Que ya no necesitarían llegar hasta ella. Que ya no sabían ni que existía. Porque sería Set quien la sustituiría como mi punto débil, pero que sabría manejarlo para que no lo descubrieran. Pensaba que mi pelirroja jamás se volvería envuelta de nuevo en negrura y desesperación. No por mi culpa, al menos.
Pero estaba equivocada.
Hasta aquella noche, no me había dado cuenta de lo que inmensamente equivocada que estaba.
Cuando entré en aquel baño, estaba relativamente tranquila. Tenía unas cuantas cosas claras, y una extraña seguridad que me hacía estar convencida de que no podían sospechar nada de mi…cambio. Insonoricé la sala, por protocolo, por tranquilidad. Pensé que estaría nervioso por la cercanía de la fecha, por la falta de contacto con la niña. Por la supuesta ilocalización del diario. Pero aquello eran pequeñas nimiedades que habíamos previsto.
Lo que yo no me esperaba, era aquel fatídico cambio de planes.
Hemos decidido cambiar. Hemos encontrado una candidata mejor que la pequeña Weasley.
Tragué saliva como pude. Hemos. ¿Quiénes eran ese “hemos”? De golpe, quise hacer muchas preguntas. Pero no aparté la vista del suelo.
"Posee mucho más poder. Mucha más sangre. Mucha más vida. La resurrección será magnífica.".
No me di cuenta de que había dejado de respirar, esperando una respuesta. Tensa. Nerviosa. Asustada.
"La chica vampiro. La joven Coleto."
No recuperé la respiración, pero sí noté a mi corazón detenerse. Gritando. Desgarrándose. Suplicando. Aterrorizado.
Yo, en cambio, permanecí callada. Mortalmente callada.
"Tendrás que traérnosla a ella."
NUNCA.
- Sí, Señor.
JAMÁS.
- ¿Algo más, Señor?
El terror estaba haciendo que explotara por dentro. Sentía que en aquella sala me hacía pequeña, infinitamente pequeña, y que la inmensidad de mi miedo me destrozaba. Que no podía aguantarlo. Que el espejo ante mí medía mil kilómetros y que su frialdad lo abarcaba todo, consumiéndome.
Pero era muy buena actriz.
"El chico"
- Lo tengo vigilado, Señor.
Muy buena actriz.
Y no iban a tocarle un pelo a Set, ni a Silvia.
Fueran quienes fueran ese “Hemos”.
Me consumiera o no el miedo.
Jodidamente buena.
Lyra --- 12/10/2007 01:45:00 AM
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(Escena anterior en.."casa de Demian", para entenderlo mejor)Sangre de serpiente. Era repugnante.
Así es como había acabado mi peor crisis navideña, con la teoría de que me habían estado inyectando sangre de serpiente.
"Como mínimo", había dicho el medimago. Y que incluso tal vez él mismo me había inyectado, tan engañado como yo. De puta madre, sencillamente. De putísima madre.
Había subestimado a esa maldita momia. Mucho. Y no podía permitirme jugar aquella gran partida de ajedrez con un tal movimiento como ese. Tenía que recuperarme y rápido.
Dunoir, esa era la clave.
Pero para ello necesitaba antes algo más de autoestima. Algo más de lo de siempre.
Me encaminé por los pasillos hacia la sala común de Gryffindor, como tantas madrugadas ya. La Dama Gorda seguía haciéndose de rogar, aun sabiendo que me dejaría pasar, aunque aquella primera noche que volví me dijo que me había echado de menos. Sonreí. Justo lo que yo tenía pensado "medio decirle" a Horace en cuanto me metiera en su cama. Realmente, me salió casi auténtico gracias al cansancio que todavía arrastraba. No estaba del todo recuperado y el viaje de regreso me había afectado.
Pero ya habían pasado un par de noches de eso, y su cumpleaños estaba a punto de llegar. Por ello, tenía algo bastante especial preparado. Una noche que seguramente jamás olvidaría. Un magnífico regalo, tanto para él como para mí.
Entré sigiloso pero rápido en la habitación de Horace, conociendo ya el camino de memoria. Me colé en su cama, con los doseles echados desde el principio de la noche. Sonreí malicioso, recordando que había empezado a hacerlo al darse cuenta que seguía visitándole.
Murmuró algo cuando me pegué a él, pasando mi mano por su pecho, frotando su propio pijama contra él en el movimiento.
- No te hagas el dormido, cobarde – le susurré con los labios contra su oído, pasando a morderle suavemente el lóbulo mientras le iba girando para colocarme encima de él.
-
Estaba dormido –dijo con voz pegajosa, dejándose hacer.
- Son demasiadas noches como para no saber cuándo me mientes al respecto, Horace. –murmuré mientras bajaba los labios por su cuello y le desabrochaba tranquilamente la camisa del pijama. Notando bajo mis manos su escalofrío al morderle suavemente.
- Me dijiste que vendrías a dormir, así que me estaba preparando concienzudamente para hacerlo bien. –intentó bromear. Una de sus manos se enredó en mi pelo mientras seguía bajando besando, succionando y mordiendo por su pecho. Regodeándome en algunas zonas sólo por oír su respiración acelerarse. Deslicé mis manos por sus caderas y un suspiro, cercano a un gemido, pareció escaparse de su boca.
- Sshhht…. –susurré, colocando de nuevo mi cara a la altura de la suya- …no debemos hacer ruido, ¿recuerdas?
Le besé con fuerza en la boca, hambriento, mientras colaba mi mano en su pantalón y me apoderaba de él. Quería evitar que hiciera ruido, tragándome todos sus gemidos y sus insultos. Aunque empecé con fuerza, relajé el movimiento durante un rato, jugueteando con mis dedos, para acelerar al final hasta que noté la sacudida que le recorrió por completo, como una descarga eléctrica, haciendo que su cuerpo se doblara bajo el mío, contagiándome parte de su excitación.
- Maldito…
- …cabrón, sí. Lo sé. Gracias.
Mientras yo hacía uso un instante de la varita, se recuperó de los jadeos para saltarme a la boca. Seguramente para que me callara. No le dejé hacer y le clavé contra el colchón. Gimió un quejido. Sonreí.
Recosté parte de mi peso suavemente sobre él, descargándome sobretodo hacia un lado. Hundí la cabeza en el hueco de su cuello y perdí mis manos entre sus rizos.
- No creo que venga hasta pasado tu cumpleaños –dije desde mi posición.- Y, de hecho, quiero que seas tú quien vengas en esa ocasión.
- …¿de qué estás hablando? –murmuró, todavía intentando regular su respiración.
- No voy a venir la víspera, cuando seguramente tus amiguitos gryffindor asalten tu cama pasado el primer minuto de la media noche. –empecé a explicar- Ni tampoco la noche misma, pues seguramente seguiréis con la fiesta. Quiero que vayas la noche siguiente a la sala en que tocaste mi canción.
No pude evitar sonreír contra su cuello al recordar aquella noche la noche de mi cumpleaños, junto al piano.
- Tengo un regalo para ti.
Demian. L. --- 12/05/2007 07:59:00 PM
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El principio de año me había hecho ver lo rápido que pasaba el tiempo y lo cerca que estaba, cada vez más, el fatídico día. Todavía no sabía bien qué debería hacer. Bueno, sí lo sabía, pero desconocía el cómo. Silvia me habría dicho que le clavara una daga en el corazón a Helene. Yo me habría reído.
Pero la pelirroja y yo ya no nos hablábamos. No mucho, al menos. Coincidíamos en varias clases, pero nos ignorábamos elegantemente la una a la otra. Set no había preguntado nada. No por ahora.
Intentaba no pensar en ello. En ella. Debía preocuparme por cómo salir del pozo en el que estaba metida. Aunque no fuera con vida. Por mí. Por ella. Por él.
Sobretodo por él. Era lo que ella quería.
Y yo también.
No paraba de repetirme todo eso. Y así había pasado los días. Atrapada en mis propios pensamientos, ausente. Abrazada a Set durante largas horas. En silencio la mayor parte del tiempo. Sentados delante del fuego casi siempre.
Había una parte de mí que no podía dejar completamente de lado la misión. Algo me decía que ello podría ayudarme a escapar. Ayudarnos a sobrevivir, incluso. Y, por ello, había estado muy atenta a las últimas escapadas de Firesoul.
Fue una suerte que Set me lo comentara, sin más. Él lo achacaba a algún nuevo capricho del prefecto, alumna, alumno o cualquier otra cosa que pudiera entretenerle. Realmente Set no iba del todo desencaminado, pero yo tenía que comprobarlo.
Le seguí una noche. Salió de su habitación no muy de madrugada, como parecía que seguía haciendo desde que había vuelto al castillo. No me sorprendió verle engatusar a la Dama Gorda del cuadro con éxito, permitiéndole la entrada a la sala común de Gryffindor. Eso tampoco me sorprendía, bien era sabido que Firesoul no le hacía ascos a ninguna de las casas. No para ciertas cosas, al menos.
Pero no pasó allí toda la noche, como también había notado ya. Sobre las cinco de la mañana, salió con una gran sonrisa desde detrás del cuadro, despidiéndose lanzándole un beso a la guardiana, que aceleró el movimiento de su abanico. Apenas llevaba el uniforme desecho. Sólo un par de botones de la camisa desabrochados. Parecía, simplemente, recién salido de la cama, no precisamente después de un polvo. Pero supuse que sería tan egocéntrico que seguramente se habría molestado en arreglarse un poco y pasearse tan condenadamente deseable como se creía. Capullo.
También le seguí de vuelta al Nido. Congelándome en el acto cuando se giró de golpe hacia mí. Por un instante, pareció mirarme a los ojos, pero sabía que eso era imposible. Estaba mimetizada con la sombra gracias al mimicus, y no iba a ser un niño pijo y malcriado el que pudiera mandar a la mierda mi entrenamiento como espía. Si había algo de lo que podía estar orgullosa, era de lo que buena que era en mi trabajo. Mucha sangre, lágrimas y cordura me había costado como para no ser una de las mejores.
Continuó con su camino después de escrutar reticente el oscuro pasillo tras él. Se quedó mirando una de las paredes como un pasmarote, el ceño fruncido. Yo misma miré ante su concentración, pero no sentí ni oí ningún movimiento proveniente de la Cámara. Dudaba que Firesoul sospechara siquiera lo que se escondía allí dentro. O más me valía.
Entró en la Sala Común después de dar la contraseña. Pensaba hacer lo mismo pasada una media hora, para no encontrármelo, pero entonces la marca en mi antebrazo ardió, quemándome con fuerza, dañando tanto como si un trol estuviera aplastándomelo.
Me apoyé contra una pared para no perder el equilibrio. Respiré entrecortadamente, intentando calmarme.
Tenía que subir al baño femenino del segundo piso.
Lyra --- 12/05/2007 07:47:00 PM
............
Las clases habían vuelto a empezar, acompañadas de las tan comunes nevadas invernales de Hogwarts. Con ese tiempo, salir de la cama daba más pereza que de costumbre, o tal vez los copos de nieve en las hojas de los árboles y el lago helado me recordaban cosas que no me apetecía recordar. Fuera una u otra cosa, había días en los que decidía no levantarme a primera hora, aunque Coleto me zarandease, me llamase o me sacase a rastras de la cama. Una vez desaparecía de la habitación, volvía a acurrucarme entre las sábanas y no salía hasta una hora más tarde; el miércoles fue uno de esos días.
Asistí a la mitad de las clases medio dormida, incluso a la de Hagrid, dónde tuve que disimular más de un bostezo mientras Horace no dejaba de murmurar que parecía un oso intentando invernar. Matarle a miradas asesinas no surgía efecto, en parte porque me conocía demasiado, en parte porque estaba demasiado concentrada en no dormirme.
Lo único que logró despertarme ese día fue el maldito encantamiento que lanzó el maldito Puffie a mi maldito tintero. Le hubiera lanzado una maldición de vuelta con ganas, pero dada mi escasa lucidez del día, preferí limitarme a mirarle mal e intentar controlar al tintero y su bailoteo estúpido.
* * *
Dejé a Horace y su secreto tranquilo durante unas horas, tiré todo el material encima de la cama, dándole un toque más desordenado a la habitación, y bajé las escaleras de nuevo para dirigirme al campo, donde el equipo Gryffindor recibía los clásicos ánimos e instrucciones de su capitán, Oliver Word. Desde que Potter había entrado, y con él habían llegado las victorias, se le veía más feliz y energético, aunque se tratasen de sus últimos partidos en Hogwarts. Como suelen decir, más vale tarde que nunca, aunque más vale siempre que tarde. Dimas también estaba allí, sonriendo a diestro y siniestro y hablando alegremente con el capitán, dándole consejos que, increíblemente, eran útiles.
Pertenecer al equipo de quidditch de Gryffindor era lo mejor que Hogwarts me había otorgado, aparte de Heguy y toda la tropa que solía rodearnos. Pesé a tener vértigo, el hecho de ser consciente de estar suspendida a metros del suelo me hacía sentir bien. Siempre. Podía hacer lo que quisiera, con la absoluta certeza de que no iba a caerme nunca. En el aire no cometía errores, todo lo contrario que con los pies en la tierra. Nada dolía tanto ahí arriba, nada permanecía eternamente, y nada era tan real como yo hubiese querido. Comparado con todo lo demás, era algo efímero, tan efímero como importante.
El descenso era lo más duro del día, como quitarle un caramelo a un niño. El cansancio aparecía tan sólo poner los pies en el suelo, igual que el barro de la fina llovizna que te había estado acompañando durante el entrenamiento, pero que no habías notado. Los que habíamos sido los reyes del cielo durante apenas tres horas, nos convertíamos en unas simples figuras que atravesaban pequeños charcos saltándolos, se ensuciaban las botas arrastrándolas por el suelo y se dejaban vencer definitivamente por el cansancio una vez en la ducha, notando el chorro de agua caliente deslizarse por la espalda, masajeándose la cabeza enjabonada durante más tiempo del necesario. El vaho y el calor sustituían al frió y la llovizna del invierno, y la tranquilidad que se respiraba en el vestuario después de un entreno era algo reconfortante.
* * *
- ¿Tienes sueño?- inquirió.
- Ajá.
Después de cada entrenamiento, Maerd solía esperarme, resguardado de cualquier lluvia o nevada, e íbamos juntos al Gran Comedor. En los últimos tiempos, lo había cogido por costumbre, aunque sin siquiera preguntárselo, suponía que con Dunoir debía pasar lo mismo. Al fin y al cabo era el Don Juan del castillo, con su eterna “competición” con el otro Casanova y sus conquistas por gusto.
- ¿No duermes?- Volvió a preguntar. Empezaba a sonar como Frances. Casi al instante intenté imaginarlo como padre o como marido. Un escalofrío me recorrió la espalda.
- Claro que duermo.- fruncí el ceño.
- Tu cuerpo no opina lo mismo.-comentó, tan cerca del Gran Comedor que podíamos oír los tintineos de los cubiertos.
- Creo que no duerme bien desde que durmió conmigo.- interrumpió Silvia, pasando tranquilamente por nuestro lado. Después de sobresaltarme, me di cuenta de que tenía razón, aunque esa noche había dormido la mar de bien.
- Eso no tiene nada que ver.
- Me alivia saberlo.- se rió. Arqueé la ceja e intenté alcanzarla en dos zancadas, pero Maerd consideró conveniente tirarme de la manga para que no lo hiciera.
- ¿Has dormido con Coleto?
- Eso he dicho.- me encogí de hombros.
- ¿Duermes con ella y no conmigo?- su expresión bailaba entre la sorpresa, la curiosidad y la indignación.- ¿Eres…?
- ¡No!- le espeté. Era una verdad a medias, pero no iba a explicarle nada de ella. De aquello. De esos años.
- Vaya, eso hubiera explicado muchas cosas.- suspiró.
Le dirigí una última mirada y me encaminé de nuevo hacia donde se encontraba el cuarteto Gryffindor. Antes de que pudiera sentarme al lado de la pelirroja, el águila se deslizó a mi lado como una serpiente y ocupó mi sitio.
- Oye, te he dicho mil veces que esta no es tu mesa.- me ignoró completamente, centrado en Silvia.
- ¿Cómo has conseguido acostarte con Lienyr?- Denys arqueó una ceja, sin darle demasiada importancia aparente; los labios de Itzuki hacían una “o” perfecta; Horace levantó la vista por encima de su vaso, y Silvia se limitó a sonreír enigmáticamente.
- Es un secreto.
- Oh, vamos, Coleto, dímelo y yo te digo lo que quieras… ¡Hago lo que quieras!
Observé la escena de pie, cruzada de brazos, mirando el cogote de Dimas, sopesando si intentar darle una colleja o dejarlo para otro día. Podía haber intentado quitarle la idea de ella y yo revolcándonos por la cama, pero no tenía por qué, no era de su incumbencia.
Suspiré.
- Deja en paz a Silvia y lárgate.- me miró, aun sentado, y se levantó con cara de perro apaleado.
- Esto es injusto.
- Lo injusto es que me robes el sitio.-gruñí por lo bajo.
- Lienyr
- Qué.- me puso una mano en el hombro y se agachó hasta quedar a mi altura, ya sentada.
- Me da igual no ser el primero.
Suspiré sonoramente y se fue. No me volví a mirarle, ni a él ni a nadie de por los alrededores. Iba a esconderme detrás de mi vaso hasta que todo el mundo se hubiera ido, mientras me imaginaba entrando en cólera, agarrando al estúpido ravenclaw de la corbata y estampándole contra una pared.
Decidí no imaginar más.
edit: Sí, sí, vaso, Vaso. VASO. Destatuadme ese 666 que tengo tatuado en el craneo y ponedme Vaso, así seguro que me acuerdo... O eso espero xD Sigh. *se frustra consigo misma*
Utena --- 9/23/2007 11:04:00 PM
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Todo el mundo tiene un premio al final del día. El entreno de Quidditch, la llegada del pedido que encargó, encontrarse con sus amigos, con su pareja, con correo familiar, caramelos, una partida de ajedrez. Y podría pensarse que las ganas de llegar a ese momento, terminar Encantamientos, alejarse de los Hufflepuff y correr a buscar lo que estábamos esperando, es lo que hace la espera mucho más tediosa, que las clases se vuelvan lentas y poco interesantes. Sin embargo hay algo mucho peor que eso, y es que ningún placer te espere a cambio de siete horas de olor a pergamino, del rasgar de plumas y de histeria adolescente por los exámenes.
Me encontré revisando el reloj insistentemente mientras giraba en su cadena. Las clases duran una hora, las horas duran sesenta minutos, los minutos duran sesenta segundos. Pero el aula de Aritmética* parecía encontrarse fuera de las normas del espacio-tiempo, y los segundos duraban sesenta horas. Guardé el reloj en mi bolsillo por séptima vez y traté de concentrarme en la materia, que para algo estaba en el colegio, pero la monótona y suave voz del profesor Vector llamaba a que me cayese redondo de sueño sobre el suelo de piedra. Quería que la clase terminase ya, y sin embargo era un deseo estúpido, pues no me esperaba nada apetitoso fuera de las clases, al menos éstas me entretenían hasta cierto punto, me hacían mantener la mente atenta y me daban tareas que ocupaban la mayor parte de mi tiempo. Era absurdo comprobar como mi rendimiento académico mejoraba cuando me aburría soberanamente. La única solución era buscarme un hobby, cuanto antes mejor, algo que no consistiese en diez centímetros extras en los ensayos de Historia de la Magia, pero tampoco en montarme en una escoba a hacer el cafre. También excluyendo club de ajedrez o cualquier otra actividad que me obligase a socializar –cual cosa no era precisamente recomendable con mi actual y navideño estado de ánimo. Y a ser posible que me mantuviese fuera de la Torre, un poco fuera de Hogwarts.
Volví a mirar mi reloj, la manecilla indicaba que era casi la hora del descanso, y yo acababa de darme cuenta de que Hogwarts ya no era el castillo grande y cálido de cuando tenía once, doce, trece años. Era piedra sobre piedra, clases y alumnos, un hogar que estaba prestado por sólo siete años, y las cosas se acaban con una prontitud espeluznante. Las visitas a casa siempre me robaban fuerzas, la última parecía habérmelas quitado todas, incluso las que Hogwarts pensaba prestarme estos siete años -que han acabado siendo cinco-. Mientras McGonagall nos preguntaba en privado por enésima vez, rellenando el formulario numero tropecientos, qué pensábamos hacer con nuestro futuro, yo escribía “Auror” y sólo esperaba convertirme en un hombre ocupado algún día, tan ocupado que no tuviese tiempo ni para mi mismo. Era demasiado joven como para que me asquease la vida.
Se me cayó el reloj al suelo, suerte que la campana amortiguó el sonido del metal contra el suelo.
Acompañé a Zoile al salir de clase, un Hufflepuff había hecho que su tintero bailase la samba descontroladamente y teníamos que sujetarlo dentro de una bolsa de plástico para que no nos manchase más de lo que ya estábamos.
- Ése es uno de los cazadores de Hufflepuff –se sopló el pelo para quitárselo de la frente, ya que tenía las manos ocupadas-, espero que recuerde el partido que tienen contra Gryffindor en Abril, porque voy a hacer que se estampe contra el suelo por esto.
- Violenta.
- Ajá.
- Slytherin.
- Oye, ¡a mi no me insultes!- esquivé su colleja justo a tiempo, aunque casi me llevé a unas alumnas por delante.
- Redirecciona tu odio hacia el Puffie -reí-, ¿hoy no tienes entrenamiento?
- Sí, justo dentro de cinco minutos.
Cruzamos la puerta de la Torre, el bailoteo del tintero pareció cesar, el encantamiento estaría perdiendo poder.
- ¿Toda la tarde? –suspiré sonoramente.
- Como siempre - Zoile se paró en la puerta del dormitorio de las chicas-. ¿Ya me echas de menos?
- Sabes que te echo de menos siempre que no estás a mi lado –sonreí.
- Deja de juntarte con Dimas.
- Sí, creo que es un buen consejo...
Nos quedamos un momento en silencio el uno frente al otro, disfrutando de la soledad de las escaleras, donde el barullo de la Sala Común quedaba un poco lejos. Lo único que sonaba con claridad era el silbido del aire al pasar por una vieja grieta en la ventana. Y Zoile me miró significativamente.
- Estás raro.
- Puede.
- ¿Puede? –alzó las cejas.
- Hmm...Sí.
- Explícame eso.
Me pasé la mano por la nuca con claro cansancio. Algún día tenía que decirle a alguien, o al menos a ella, las cosas que pasaban últimamente en la parte surrealista de mi vida. O se lo contaba o yo caía cual castillo de naipes bajo el peso de los acontecimientos. Pero aquel no era el momento, no aun cuando las cartas no estaban totalmente colocadas. Aun podía aguantar un poco más sin echar mano de querer compartir mis preocupaciones con Zoile. Ella tenía las suyas, yo las conocía incluso mejor de lo que ella quisiera.
Quizá otro día, uno en el que nos sintiéramos con un nivel de hormonas preocupantemente inestable.
- Te lo explicaré...más adelante.
- Más te vale.
- Sabes que cumplo mi palabra –nos sonreímos mutuamente.
Me pasé la tarde haciendo deberes con Jacques en la misma habitación de los chicos. Él todavía no había abandonado la manta que arrastraba arriba y abajo en invierno y yo desesperé por su nula capacidad para entender Pociones, acabando de escribirle el trabajo.
Ignoro a donde se fue, pero llegó un momento que, sin nada mejor que hacer –y esperándome una insufrible clase de Herbología a primera hora de la mañana- me metí en la cama cenando temprano.
Seguía dándole vueltas al extraño estado en el que me encontraba desde que había vuelto de las vacaciones, me parecía increíble que realmente se hubiesen agotado mis ganas de pelear, o al menos de no mostrarme indiferente hacia cosas que nunca deberían ser tomadas con indiferencia. Pero ahí estaba el estado de espera constante, mirando el reloj, como si el tiempo tuviese les respuestas a mis preguntas –unas preguntas que desconocía- y todo lo demás importase bien poco. ¿Y qué provocaba todo aquello? ¿El cansancio? ¿El agotamiento mental? Sentí ganas de mirar de nuevo la hora, y no me lo permití. Seguir de ese modo iba a causarme graves problemas de estrés, que no era algo que desease especialmente. Me cubrí la cabeza con el edredón para evitar que la luz me desvelase.
Me di un susto de infarto en medio de la noche. Algo se removió en mi cama y mi somnolienta mente pensó “¡serpientes!” sin motivo aparente. Estaba tan dormido que mi cerebro fue mucho más rápido que mi cuerpo, y Demian ya estaba enganchado a mi antes de patearlo creyendo que era un bicho venenoso –aunque quien diría las diferencias. Suspiré silenciosamente, dándome cuenta de que se había dormido casi de inmediato y me giré un poquito para que no me aplastase el brazo derecho.
-...echado de menos- sonó su voz, entre el bostezo y el susurro. Y me quedé totalmente quieto.
Justo en ese momento, en ese maldito instante, las cosas parecieron encajar una detrás de la otra, como los eslabones de una cadena. Y el que había faltado cerró el ciclo. Y todo volvía a estar en su sitio, como debía ser. O al menos así se sentía. El tiempo corre normalmente.
Me froté la frente con la mano suavemente. Zoile se iba a reír en mi puta cara.
//OUT
*En el horario pone “Optativas”, y creo recordar que se podían elegir dos (como los créditos variables), en este caso Horace tendría Adivinación y Aritmética. Sino, pues entonces está haciendo Adivinación y punto xDD.
Rinoa --- 9/20/2007 12:37:00 AM
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Quise darle un cumpleaños tranquilo. Hacía tiempo que quería regalársela, pero no quería que fuera sólo un regalo de cumpleaños. Aunque sabía que no se lo iba a tomar así. En realidad, llevaba todo el día pensando en cuando sería el momento adecuado. Lo normal habría sido dárselo ese mismo día, el indicado en el calendario, pero al mismo tiempo había algo que me lo impedía.
Cuando me senté en el alféizar interior de una de las ventanas del segundo piso, pude ver al grupo de gryffindors haciendo un picnic invernal. Qué casualidad. Supuse que sería el cumpleaños. Si no, no entendía qué hacía Set allí. Aunque sabía lo convincente que podía llegar a ser Silvia. Parecían pasárselo bien. Sonreí tristemente y saqué un papel doblado del bolsillo.
Parecía más viejo de lo que era porque estaba un poco estropeado. A fin de cuentas, siempre había tenido que tenerlo lo más oculto que pudiera. La cantidad de veces que lo había doblado, y el tiempo que permanecía así entre mis costuras, o en el hueco que hice en la guarda del baúl habían hecho que las marcas fueran bastante visibles. Aun así no entorpecía la imagen que allí había. Supuse que eran cosas de las fotografías mágicas.
La secuencia empezaba con un primer plano de las dos. Silvia estaba radiante. Yo hacía una mueca y luego mi pelirroja me arrastraba hacia atrás, para que pudiéramos salir de cuerpo entero. Saludábamos, de la mano, Silvia daba un saltito y su uniforme celeste se movía al compás. Volvíamos a acercarnos a la cámara. Me abrazaba por detrás y salíamos durante un instante del encuadre. No se veía nada, pero cerré los ojos. No funcionó para no verlo. Para no sentirlo. Desaparecíamos escasos segundos. Un beso. Dos. De nuevo un primer plano y lanzábamos un beso al espectador. Y allí estábamos. Nosotras en Beauxbattons. Un nosotras que todavía existía en algún lugar. Fuera en aquella foto, en mi corazón o en dulces y amargos recuerdos. Pero existía. Siempre.
No sé cuanto rato estuve allí sentada, pero se habían marchado cuando volví en mí. Me dirigí a la biblioteca, la foto doblada una única vez en mi mano. Le pedí pluma y tinta a la señora Pince y me tendió un bote de azul marino. Suspiré. Giré la foto y escribí "Toujours" en el dorso. Cuando se secó, la bibliotecaria me ayudó a buscar un sobre adecuado. Le dije que era un regalo y sacó de la nada un pequeño sobre que estaba entre el celeste y el turquesa. Sonreí ante tanta casualidad.
Llegué casi a última hora a la habitación. Todas dormían. Simplemente me dejé caer sobre el colchón. No deshice la cama. No me puse el pijama. Dormí con la túnica. Con el sobre. Con la fotografía que no había querido volver a mirar, después de haber sido casi santo de mi devoción durante años. Sólo era una aproximación de lo que fuimos. De lo que éramos. Suspiré, recordando que también tenía una foto muggle de nosotras por ahí escondida. Sabía dónde, pero no quería recordarlo.
Se la di a la mañana siguiente, en un extraño momento en que pude encontrarla. Había gente alrededor, pero estábamos solas. Se la veía bien, debió de haber pasado un buen cumpleaños. Me consoló pensar que hice bien en no buscarla. "Ayer no quise estropearte el día" – le dije –"Joyeux anniversaire". Cogió el sobre lacado, intrigada. Merci, dijo con una sonrisa. Deshice el impulso de besarla en la mejilla. De rien, respondí, también sonriendo.
Y me marché. Me marché dejando a aquellas dos niñas en sus manos. Supuse que recordaría la foto, pero no sabía qué haría con ella. Decidí pensar que la guardaría en un rincón, con todo su cariño, aunque jamás volviera a mirarla. Algo así me gustaría, pero nunca tendría la certeza. Así que me convencí pensando que le habría gustado.
No pude evitar el escozor de los ojos cuando me alejaba. No pude evitar apoyarme contra una pared, dejarme caer hasta el suelo y romper a llorar. No pude evitar volver a sentirme destrozada por haberla perdido de nuevo. Definitivamente. Ésa había sido la auténtica despedida. Y la lloraba ahora o no la lloraría nunca.
Lyra --- 8/23/2007 09:09:00 PM
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El picnic no fue del todo mal. Set pareció distraerse por fin pese a querer asesinar a Dimas cada diez minutos y a que tenía una extraña obsesión por Horace que no supe entender. Zoile tuvo parte del mérito, parecían llevarse bastante bien, por eso de tener cosas en común como el odio mutuo al Ravenclaw y el silencio sepulcral.
Nos despedimos en las puertas del Gran Comedor, era hora de cenar y Set no iba a soportar otra hora más rodeado de Gryffindors. Lo atrapé por la manga antes de que se fuera demasiado lejos:
- Gracias por venir.
- No hay de que.
- Siento que no te lo hayas pasado del todo bien –medio sonreí soltándole la manga de la túnica-. Creí que sólo odiabas a Dimas y que el resto del universo te era indiferente –frunció el ceño molesto.
- La culpa es de tus amigos, que son unos escandalosos.
- Hoy has estado un paso más cerca de ser Gryffindor.
Subí las cejas malintencionadamente, él fingió estar enfadado: “Eso nunca”. De todos modos ya estaba acostumbrado a que bromease, empezaba a captar cuando decía las cosas en broma y cuando en serio. Esperé que no cogiese demasiada práctica.
En la mesa, Itszuki se hizo cargo de que todo Gryffindor se enterase de nuestros cumpleaños. Pude ver a Zoile intentar camuflarse detrás de la jarra de zumo de calabaza, pero no lo consiguió con demasiado éxito. La entendí perfectamente, todo sexto cantando “cumpleaños feliz” y el resto del comedor mirando y riéndose no era agradable. Pero no pude evitar la sonrisa y acabé uniéndome al corto y desordenado aplauso. No comí demasiado, llevábamos toda la tarde alimentándonos de porquerías varias y sentía que podía explotar en cualquier momento. De todos modos estaba esperando a encontrar un minuto de soledad para algo que aun tenía pendiente, y lo vi algo bastante difícil, a decir verdad. No fue hasta que subimos a la Torre que nos vi liberadas de gente.
La japonesa iba a pasarse al menos una hora encerrada en el baño poniéndose sus cremas y tonterías, nos dio tiempo de sobras a cambiarnos, es más, Zoile se me adelantó y ya estaba metida en la cama. Me senté en la mía y la madera crujió bajo mi peso.
- Oye.
- ¿Hmm? – se removió entre las sabanas.
- Gracias hoy por lo de Set y eso.
- No parece mal tío.
- No –sonreí-. No lo es. Sólo le cuesta un poco acercarse a la gente.
Siguió con los ojos cerrados.
- ...Oye –esta vez si se giró y me miró.
- ¿Qué pasa?
- No te he dado las gracias aun. Sobre... ya sabes –junte las yemas de mis dedos, jugueteando.
- Sí me las has dado. Varias veces, a demás.
- Pues te las doy otra vez.
- Y yo te digo otra vez qué no pasa nada.
La miré un segundo, después bajé los ojos mordiéndome los labios. Sentía como si la hubiese metido en un lugar al que no pertenecía y no quería estar, pero de todos modos la había obligado a entrar y a quedarse, un poquito.
No había vuelto a ver a Danna, y no la esquivaba, me había prometido no hacerlo. Hogwarts se hace ancho a veces a voluntad, pero no sabía que también a la de sus alumnos. Esa era una forma de huir, de todos modos. En un pequeño lugar, donde las esperanzas nunca mueren, donde siempre queda una vocecilla interior que te dice “Sigue esperándole! Date otra oportunidad!”, había esperado toda la tarde a encontrarme con ella, y entre sus brazos un paquete para mi. Set me había dicho que justo esa fatídica tarde se habían encontrado y ella parecía haber cedido. La vocecilla se acalló. Y se mezclaron en un mismo lugar la angustia de haber perdido la última esperanza y la felicidad de sentirme liberada por fin, las cosas arregladas.
Técnicamente yo ya no hacía nada en Hogwarts. Me decía que estaba por si acaso, porque las cosas siempre se tuercen cuando las das por echas. Una mentira más que sumar a las que decía a los demás y las que yo misma acababa creyéndome.
Quería ver a Danna con un paquete pequeño para mi, con algo minúsculo pero importante. Guardarlo allí donde guardaba todas sus cosas, la cajita violeta en la esquina de mi baúl, cerrada y sin abrir en todo el curso. Por otra parte deseaba que se cerrase esa parte de mi vida, que la abarcaba toda entera. Danna paseando de la mano de Set era lo que necesitaba. Y las necesidades están por encima de los deseos.
Cuando salí de mi monólogo mental, Zoile seguía despierta, observándome. Me encogí de hombros sonriendo, preocuparla no iba a hacer nada por ninguna de las dos.
- ¿Quieres dormir conmigo esta noche?
Solté las sábanas y no pude evitar sorprenderme ante la propuesta. No vio mi expresión, estaba boca arriba, tapándose los ojos con el antebrazo. Y tampoco me vio asentir con la cabeza, pero supuse que entendería si ya estaba dentro de su cama.
Dudé en si abrazarla o no. Pero, qué tontería, dormir con alguien para mantener un margen de quince centímetros era una de las cosas más absurdas que había visto nunca. Pasé mi brazo por encima de ella y me arrimé, confirmando una vez más que los cuerpos de las chicas encajaban perfectamente como nada más.
- Feliz cumpleaños –susurré.
- Feliz cumpleaños a ti también.
Hacía años que la noche no me sabía tan dulce.
Eiroco --- 8/01/2007 02:03:00 AM
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Ese año, pasé las vacaciones de navidad entre mantas, pañuelos y bufandas. No salía demasiado del castillo, y cuando lo hacía, al volver me tocaba sesión con Silvia y sus miradas de reproche. Y sin apenas darme cuenta, los alumnos fueron volviendo, y con ellos Horace y su olor a tabaco, al que era tan fácil acostumbrarse.
***
Cuando me desperté, Univelli ya estaba cantando “Happy B-day”, primero en inglés y después en japonés. Coleto se unió a ella, cantando alegremente la versión inglesa y tarareando la melodía cuando tenía que hacerlo en japonés. Las miré sin saber muy bien que hacer, nunca sabía como actuar ante esas muestras de “afecto”. Esperé a que terminaran y la japonesa me diera el paquete que había escondido detrás de su espalda, con su habitual sonrisa de felicidad eterna.
Lo primero que asomó cuando empecé a romper el papel fue la cabeza de un muñeco, la cual mantenía un curioso parecido con Heguy. Después unos rizos pelirrojos y otra cabeza rubia, con una sonrisa de oreja a oreja.
Tiré el papel de regalo a un lado y me quedé contemplando los seis muñecos de fieltro, cosidos perfectamente y también perfectamente identificables. Arqueé la ceja cuando vi que mi muñeca y la que representaba a Maerd estaban cosidas por la mano. La miré de reojo, pero viendo su cara de orgullo ante su buen trabajo, no fui capaz de decirle nada.
Tal vez me quedé mirando a los seis mini-nosotros con cara de boba feliz, pero Itszuki se dio por felicitada incluso sin habérselas dado y se fue dando saltitos. Suspiré y me fui al baño para lavarme la cara. Volví a oír la puerta de la habitación abrirse. Asomé la cabeza y vi a Horace mirando primero el papel de regalo y después los muñecos; También arqueó una ceja.
Me fijé en lo que traía entre las manos, un gran libro de tapas de cuero y un lazo de regalo alrededor.
- ¿Qué es? Y no me digas “Un libro”.- añadí.
- Lo encontré en el Callejón Knocturn antes de que empezasen las clases. Historia sobre dragones.- ladeé la cabeza, interesada, y me acerqué. Él sonrió.- Siempre lees ese libro que escondes en el baúl, quizá aquí puedas encontrar algo nuevo.
Lo cogí y acaricié la cubierta con un dedo. Sin levantar la vista le di las gracias, pero cuando al fin la levanté un poco y le vi ahí, satisfecho, no pude más que sonreirle.
Denys nos esperaba abajo, y nos felicito tanto a mi como a Silvia, ya que el 12 de enero era el suyo e íbamos a celebrarlo a la vez. Le dimos las gracias, la francesa dándole los besos y yo con un movimiento de cabeza.
Al salir, nos encontramos con Wood, quien me felicitó y me dio dos besos, como solía ser su estilo pese a saber que no era la ilusión de mi vida las muestras de afecto corporales. Entró en terreno Gryffindor y dejó atrás a su amigo y aliado en Quidditch, Dimas.
Si Horace no me hubiera tirado del brazo, me habría parado a contemplar la escena; Maerd mirando hacia nosotros, con flores y con sonrisa de príncipe de cuentos infantiles,
- Míralo, incluso te trae flores.- le fulminé con la mirada, mientras intentaba pensar en algún hechizo que hiciera que se abriera la tierra bajo mis pies.
- No son para mi.
- No, claro, son para mi. ¿Para quién van a ser?
- Para la Dama Gorda, que le deja entrar cuando quiere…
Pero mi teoría no le convenció, y al llegar a su altura, Dimas la descartó por completo, tendiéndome las flores. Le miré, incrédula.
- ¿¡Por qué me traes flores!?
- Porque es tu aniversario.- suspiré.
- Si quieres hacer un regalo, que sea algo menos pomposo.
- Pero ya sabes como soy.- su sonrisa no vacilo ni un instante.
- ¿Florista?
- Atento y cariñoso.- Guiñó un ojo. No supe que contestarle.- No puedo darte dos besos con las flores en la mano.- “Entonces mejor no te las cojo”- Pero puedo abrazarte.
Volví a entrar en la Sala Común, suspirando, flores en mano y dejando a Heguy cachondeándose de él, y él siguiéndole el juego.
***
Hacía unos días habíamos acordado celebrar ambos aniversarios haciendo un picnic en los terrenos de Hogwarts, pese a estar en enero y resfriada.
- Hace frío.
- Da igual.
- Hacemos una hoguera.
- Si quemamos algo, nos echan.
- No vamos a quemar nada, mujer.- Les miré a todos y suspiré.
- Además, si tienes frío puedes acercarte a mí.- Dimas.
- …
Escogido el sitio y el lugar, y llegado el día, nos sentamos en circulo, todos con bufanda menos el Ravenclaw, quien, como buen playboy, tenía que llevar la corbata mal puesta y la camisa demasiado abierta. Fruncí el ceño, desvié la mirada y cogí uno de los inventos culinarios de Univelli y comí en silencio hasta que Coleto se levantó para recibir a alguien.
- ¿No decías que no le conocías?- miré al playboy.
- A quién.
- A ese Slytherin- hizo un movimiento en dirección a la francesa, que, efectivamente, estaba hablando con el Slytherin que había intentado sacarle la cabeza el otro día.
- Y no le conozco, le conoce ella.- murmuró algo que no oí y siguió a lo suyo.
Cuando se sentó junto a nosotros, lanzó un par de miradas asesinas a Horace y Dimas. Arqueé una ceja mientras oía al Gryffindor hacer la típica pregunta retórica: Un Slytherin?. Silvia carraspeó.
- Éste es Set Valandor.
- Bienvenido al picnic.- Toda persona que lanzara miradas asesinas al Ravenclaw era bienvenido.
-…- Alguien murmuró.
- Medio japonés, no? Yo soy de Osaka.
- Kyoto.
Viendo que no iba a darle conversación, Itszuki le sonrió y siguió hablando con Denys, mientras pianista y playboy se enzarzaban en un combate de bolitas de papel. Arqueé una ceja y presté atención a la conversación del medio japonés con la francesa.
- Por favor, dime que tienes alcohol
- Aguanta.- le sonrió.
-¿Eso es que sí?
- No vamos a hacerte nada.- interrumpí. Cualquier Slytherin se encontraría incómodo ente tanto Gryffindor.
- Claro que no, es para mis nervios.
Coleto aprovechó para cachondearse un rato de él. Al cabo de un rato, parecía que se había relajado y no se acordaba de lanzar miradas asesinas a todo aquel que gritase o riese demasiado alto, o que, simplemente, se llamase Horace Heguy o Dimas Maerd.
- Ah.- le miré.- Felicidades.
- …Gracias.- sin saber que más decirle, caí en la cuenta que la pelirroja parecía pasárselo la mar de bien, y el Slytherin volvía a acordarse de matar a los presentes con la mirada; Le volvió a tocar al Ravenclaw.
- Puedo preguntar qué te he hecho?
-…
- No eres una tía, así que no te he metido mano.- Horace se golpeó con la mano en la cara, casi con exasperación. Le miré de reojo con el ceño fruncido.
- Calma…- se dirigió a Valandor.- es normal si vas fulminando a la gente con la mirada.
- Yo entiendo que intente matar a Maerd con la mirada.
- ¿Qué tenéis todos con el pobre dimas?- suspiré.
- Sólo le conoces de hace menos de un año, es normal que no lo sepas.
- Si me conocieras más te habrías enamorado de mi.- El playboy volvió a demostrar que prefería seguir siendo un playboy aun con su integridad física en juego.
Si Valandor decidía partirle las piernas, no iba a ponerme por el medio como la última vez.
Utena --- 7/15/2007 09:31:00 PM
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La estúpida idea de que últimamente estoy en comunión con la naturaleza, o ella conmigo, cruza mi mente por un instante. Hubo tormenta la última noche que un huracán pasó por mi cabeza. Llovía la última vez que me quedé sin lágrimas a base de hechizos. Y ahora hacía un frío endemoniado que parecía haberse colado dentro de mí sin intención alguna de marcharse.
No quise ver cómo se iba. Como desaparecía de nuevo de mi vida aun antes de que pudiera darme cuenta de que había vuelto. Tal vez lo mejor fuera olvidar todo lo nuevo, y quedarme anclada en Beauxbattons. En que allí éramos felices. Cuando ninguna había intentando todavía matar a la otra. Cuando aun no había muerto ninguna y nos queríamos. Cuando éramos felices. Y ya está.
Pasar página. Aun cuando las heridas de papel son tan dolorosas.
Aprender de lo vivido…y ya está.
Suspiré, cortándome los labios y congelándome los pulmones por un instante. Estaba fría y vacía, pero no me importaba porque me encontraba tranquila. Como la calma después de la tempestad…o algo por el estilo, tal vez fuera más bien el ojo del huracán. Nunca se me había dado bien definir mi interior, plagado generalmente de emociones contradictorias. Sentía la pérdida, pero también había algo más. Nuevo, acogedor…identificable por el momento. Intenté analizarme, comprenderme pero me sentía completamente ausente de mi misma. Dirigí la vista al suelo, teniendo la sensación de romper una pequeña cristalización al hacerlo. No sabía cuánto tiempo había pasado allí de pie acosada por el frío viento, no sería mucho, pero no recordaba que las sombras del suelo fueran tan largas y difusas.
Me arrastré por simple inercia hasta la Sala Común, más vacía que de costumbre, y no fui consciente del tiempo que hacía que no sabía nada de él desde lo ocurrido hasta que le ví sentado en la repisa de una de las ventanas. Sabía que había visto fantasmas con mejor cara que él, pero no que un simple "¿Qué te pasa?" desencadenaría todo aquello.
Me hace preguntas a las que no puedo ni sé contestar. Pero luego no me pide que hable. Enciende la chimenea mientras nos sentamos frente a ella y me envuelve en sus brazos mimándome y acariciándome, como si fuera un cachorro abandonado. Es curioso como me parece que es él quien realmente da esa impresión. Siento que me necesita tanto como yo a él. No, sabes que tú más. Y Silvia también lo sabe. Y son Set y Silvia los que me hacen replanteármelo todo.
Me gusta verle dormido y tranquilo. Las luces del fuego acarician su rostro. Nos cambio lentamente de postura para que no se despierte, pasando a ser yo quien le acaricie el pelo y los brazos completamente ida, con la mirada fija en las llamas que bailan y consumen la madera, convirtiendo algunas partes de mí misma y mi vida en ceniza.
No, no es lo que realmente quiero, y para ello tengo que hacer unos cambios. La historia no puede volver a repetirse. Aunque me cueste la vida, no puedo volver a pasar por lo mismo. No quiero.
Concentrada en el fuego, consciente de que tengo que empezar a mover mis piezas, debo construir una estrategia para que la dama proteja a su rey. Aunque me queme, porque cuando juegas con fuego, te quemas. Y no hay fuego más peligroso que el de dos locos sedientos de gloria y poder.
Habrá que controlarse para no acabar en la hoguera junto a las antiguas brujas.
Me gusta verle dormido y tranquilo. Sin saber nada de lo que ocurre a su alrededor. Es frustrante, pero tendré que acabar diciéndole algunas cosas. Incluso que le quiero. Incluso que seguramente moriré antes de que acabe el curso. Pero valdrá la pena.
Como vale la pena despertarle para poder besarle.
Lyra --- 6/04/2007 07:28:00 PM
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Alguien es un vampiro. Alguien es un mortífago. Alguien quiere a alguien. Alguien manipula a alguien.
Cosas que pasan. Sin embargo, la realidad puede ser cruelmente diferente cuando ponemos nombre a ese Alguien.
Silvia es un proyecto de vampiro. Danna es una mortífaga. Danna quiere a Silvia. Silvia me ha manipulado.
Alguien tiene los restos de su corazón desparramados por todo el puto colegio.
—¿Qué te pasa?
La miro de arriba a abajo. Parece que está bien. Alguien no sabe si se siente aliviado, cabreado, traicionado, triste o preocupado.
—Por fin te han dejado salir...
—Gracias por venir a verme a la enfermería.
Sacudo la cabeza. No hay nada que agradecer. Que yo vaya o deje de ir a verte cuando estás convaleciendo no hará que te cures antes o después.
—¿Y qué vas a hacer?
—¿Qué voy a hacer respecto a qué? —me mira extrañada.
—Vi cómo Silvia te tapaba el tatuaje —señalo el brazo de la discordia.
Silencio. Se frota los ojos lentamente, pensando. Supongo que acabo de añadir un problema más a su interminable lista.
—¿Fuiste tú quien me llevó a la enfermería?
—Sí.
—...gracias.
—¿Y qué vas a hacer?
Danna suelta una pequeña risa, no de alegría, sino de incredulidad.
—¿Pero te das cuenta de lo que me estás preguntando?
—Es que no sé explicarme —me encojo de hombros.
—De todos modos, tampoco creo que yo pueda explicarte nada.
—Supongo que es por eso que siempre apartas a todo aquel que se preocupa mínimamente por ti.
—Dios, suenas como Silvia —Silvia: tantas emociones contradictorias condensadas en la misma palabra...—. Y sí, es por eso.
—¿Y eso es lo que quieres? —¿Estar sola toda tu vida? ¿A cambio de... nada?
—Es lo mejor para todos.
—Es lo mejor para todos, menos para ti.
—Pero eso da igual —Kuso, ¿por qué demonios siempre acabamos con lo mismo?
—¡No da igual! ¡¡¡A mí no me da igual!!!
¡TE QUIERO, joder! ¿¡Cómo demonios va a dar igual!?
—Pero que a ti no te dé igual no es bueno para ti.
Ahora es cuando la sangre deja de fluir a mi cerebro, y este se alimenta de ira, desesperación, e impotencia, y grito maldiciones.
—¿Y esto es lo que quieres? ¿Realmente? ¡Me da igual que sea mejor o peor, quiero saber si es lo que tú quieres!
—No, no es lo que quiero —dice secamente mientras sus ojos se congelan.
—Deberías hacer algo al respecto, entonces.
—¿Y quién te ha dicho que no vaya a hacer nada?
—Antes del fin del mundo, me refiero.
Profiere la misma risa incrédula de antes como mecanismo de defensa.
—No tienes ni idea de lo que está pasando, Set.
—¡Porque nunca me dices nada! Yo quiero ayudarte.
—¡Porque más nos vale que nunca te diga nada! Ni siquiera deberíamos estar teniendo esta conversación —corto silencio—. No sé si te estás dando cuenta de a quién coño le estás ofreciendo ayuda —añade molesta.
—Perdona por querer ayudar a quien amo a llevar la vida que realmente desea —pongo los ojos en blanco.
—No estamos hablando del mismo tipo de ayuda —sacude la cabeza, sarcástica.
—No tiene gracia. Y no voy a desaparecer, lo quieras o no.
—Bien, ¿y entonces qué piensas hacer?
No pienso. Cierro los ojos. Le abrazo. Fuerte. Un suspiro y un "gracias" apenas audibles.
—Deja que me quede —suplico.
—Morirás.
—Eso nunca se sabe.
Termina el abrazo y se separa. Me mira seria.
—Todos mueren, Set.
—Me han educado para morir más pronto que tarde, de todos modos.
—Entonces te quedarás diga lo que diga —musita.
Asiento con la cabeza.
—Tendrás que aguantar mis... cambios de humor.
—Ya lo hago —ladeo la cabeza.
—Sí, pero ahora tendrás que aguantar también que a veces actúe como si no hubiéramos tenido esta conversación.
—"A veces" es mejor que "siempre"... ¿no?
—...a veces.
¿Qué quiere decir eso? Era una simple pregunta de "sí" o "no". Yo quería un "sí" o un "no".
—¿Me quieres?
Ella calla, y mis latidos machacan el silencio a un ritmo acelerado.
—No puedo contestarte a eso.
"Eso" también era una simple pregunta de "sí" o "no".
—¿No quieres o no puedes?
—...tal vez ambas.
A Silvia se lo dijiste.
—Danna, no quiero perderte.
—Es un riesgo a correr —levanta la cabeza para mirarme con fuerza—... igual que yo también puedo acabar perdiéndolo todo.
Le acaricio levemente la mejilla. Me escuecen los ojos. Me voy.
—No te vayas —me agarra del brazo —. Ahora... no quiero estar sola. Pero no me pidas que hable. Sólo quiero est-
Un beso corto. Le cojo de la mano. Una alfombra y una chimenea. Nos sentamos. Le abrazo por detrás. Le acaricio el pelo. Silencio durante horas. Me duermo.
BenKo --- 4/09/2007 08:21:00 PM
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