abril 07, 2008
Mojé la plumilla en el tintero, la gota sobrante resbaló lentamente y cayó de nuevo a su contenedor.
“Querida hermana,”
La pluma paró en la coma, falta de ideas. El plan era una de esas cartas vacías para que la familia no se preocupase. Sigo viva y blah blah. El profesor de Estudios Muggles no se cree que existan los sillones de masaje. Pero no tenía ni las mínimas ganas de escribir. Era viernes e incluso había acabado los deberes para la semana que viene, buscando en estar atareada una especie de vacaciones mentales.
“Querida hermana,
Vine a Hogwarts sólo para ver a Danna (sí, la misma). El otro día casi la mato porque sufrí un ataque. Y he extorsionado a un alumno para que se case con ella. Creo que es hora de que vuelva a casa para huir cobardemente.”
Eso era lo único que podía escribir, y lo único que no debía. Hice el pergamino una bola arrugada y lo tiré a la chimenea. Un cuadro me miró mal y señaló al cartel que decía claramente que no utilizásemos la chimenea de papelera. Subí las cejas e ignoré a la pintura, tapando el tintero y dando la carta por imposible.
Tenía el regalo para el cumpleaños de Horace en la falda, escondido en una bolsa. Era un pensadero pequeñito. Muy pequeño, a decir verdad. Tenía el diámetro de una taza normal, y como mucho dos o tres de mis dedos de profundidad. Estaba hecho del mineral correspondiente: una especie de piedra densa y pesada, gris, la única capaz de contener los recuerdos. Su acabado era pulido, no tenía inscripciones ni ninguna clase de ornamento. Primero porque ya me había costado semanas de paga poder comprar el más barato que había encontrado, segundo porque no me parecía un objeto que debiese poseer ningún tipo de símbolo o dibujo. Pero había merecido la pena. Estaba segura de que Horace era el tipo de persona que querría conservar algunas de sus memorias.
Acaricié el frio mineral mientras subía las escaleras para guardar el regalo en mi baúl y, de paso, ponerle un lacito. En la tienda había visto otro pensadero, de forma triangular, que también era bonito, podría haberlo comprado si sacrificaba unas semanas de caramelos de Honeyduckes. Pero si no tenía un pensadero a mano, evitaba el utilizarlo. Miré el de Horace antes de envolverlo, jugueteé con él entre los dedos.
- Yo y mi estúpida manía de probar los regalos antes de darlos…
Me puse la varita en la sien con un suspiro. Qué fácil es dejarse caer en la tentación. No tenía ni idea de cómo funcionaba realmente. Supuse que tenía que pensar con fuerza en un recuerdo en concreto y desear que saliese. Básicamente la magia se movía gracias al poder de convicción. Me concentré en un acontecimiento en concreto, cerrando fuerte los ojos, y una hebra líquida de plata se escurrió por mi mejilla y mi barbilla hasta el pensadero en un goteo discontinuo. Torcí el gesto, quizá no era tan fácil, había visto a magos hacerlo con más soltura.
Había pensado en una vez, un día, años atrás. Yo había entrado en la habitación de las chicas en Beauxbeatons y me había encontrado a Danna, sola, leyendo un libro casi más grande que ella –y eso que era una de las chicas más altas del curso- y levantó la mirada al verme. Se ruborizó por un instante. En aquel momento pensé que, con lo fácil que me era hacer amigas, no entendía como a aquella niña tímida con los ojos verdes parecía costarle tanto. Siempre se apartaba de los demás. Me senté a su lado y le dije que ahora era mía. Le gustase o no.
Sonreí viendo la arremolinada mezcla dar vueltas en el pensadero. Volví a introducir los recuerdos en mi mente sin utilizarlos. Podía volver a ver esa escena, y cualquiera, siempre que lo desease. Pasear en ella, mirarnos llenas de vida, sólo me iba a quitar cada vez un poquito de la mía.
Envolví el regalo con papel granate y le puse un lazo dorado. Lo guardé bajo un suéter de punto grueso y blandito. Cerré el baúl.
- ¿Qué tramas? – tuve un sobresalto. Zoile se tiró en su cama despeinándose.
- ¿Por qué tendría que estar tramando algo? – me hago la ofendida sacudiéndome las rodillas de las pelusas de la alfombra.
- Siempre estás tramando algo.
- No es verdad.
- Si tú lo dices.
Pensé un momento.
- ¿…a Horace no le hará gracia un pastel explosivo este fin de semana, verdad?
Zoile se rió suavemente desde su dosel.
Eiroco ... 4/07/2008 09:39:00 PM
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diciembre 10, 2007
Pensaba que sabía lo que era el miedo. Que sabía afrontarlo cuando era necesario, excepto cuando mi hermana lo usaba para subyugarme a ella. Porque ella sabía usar los miedos de la gente como nadie. Y qué hermana mayor no conoce los mayores temores de su hermana pequeña.
Pensaba que Silvia ya no corría peligro al haber logrado separarnos. Que ya no necesitarían llegar hasta ella. Que ya no sabían ni que existía. Porque sería Set quien la sustituiría como mi punto débil, pero que sabría manejarlo para que no lo descubrieran. Pensaba que mi pelirroja jamás se volvería envuelta de nuevo en negrura y desesperación. No por mi culpa, al menos.
Pero estaba equivocada.
Hasta aquella noche, no me había dado cuenta de lo que inmensamente equivocada que estaba.
Cuando entré en aquel baño, estaba relativamente tranquila. Tenía unas cuantas cosas claras, y una extraña seguridad que me hacía estar convencida de que no podían sospechar nada de mi…cambio. Insonoricé la sala, por protocolo, por tranquilidad. Pensé que estaría nervioso por la cercanía de la fecha, por la falta de contacto con la niña. Por la supuesta ilocalización del diario. Pero aquello eran pequeñas nimiedades que habíamos previsto.
Lo que yo no me esperaba, era aquel fatídico cambio de planes.
Hemos decidido cambiar. Hemos encontrado una candidata mejor que la pequeña Weasley.
Tragué saliva como pude. Hemos. ¿Quiénes eran ese “hemos”? De golpe, quise hacer muchas preguntas. Pero no aparté la vista del suelo.
"Posee mucho más poder. Mucha más sangre. Mucha más vida. La resurrección será magnífica.".
No me di cuenta de que había dejado de respirar, esperando una respuesta. Tensa. Nerviosa. Asustada.
"La chica vampiro. La joven Coleto."
No recuperé la respiración, pero sí noté a mi corazón detenerse. Gritando. Desgarrándose. Suplicando. Aterrorizado.
Yo, en cambio, permanecí callada. Mortalmente callada.
"Tendrás que traérnosla a ella."
NUNCA.
- Sí, Señor.
JAMÁS.
- ¿Algo más, Señor?
El terror estaba haciendo que explotara por dentro. Sentía que en aquella sala me hacía pequeña, infinitamente pequeña, y que la inmensidad de mi miedo me destrozaba. Que no podía aguantarlo. Que el espejo ante mí medía mil kilómetros y que su frialdad lo abarcaba todo, consumiéndome.
Pero era muy buena actriz.
"El chico"
- Lo tengo vigilado, Señor.
Muy buena actriz.
Y no iban a tocarle un pelo a Set, ni a Silvia.
Fueran quienes fueran ese “Hemos”.
Me consumiera o no el miedo.
Jodidamente buena.
Lyra ... 12/10/2007 01:45:00 AM
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diciembre 05, 2007
(Escena anterior en.."casa de Demian", para entenderlo mejor)Sangre de serpiente. Era repugnante.
Así es como había acabado mi peor crisis navideña, con la teoría de que me habían estado inyectando sangre de serpiente.
"Como mínimo", había dicho el medimago. Y que incluso tal vez él mismo me había inyectado, tan engañado como yo. De puta madre, sencillamente. De putísima madre.
Había subestimado a esa maldita momia. Mucho. Y no podía permitirme jugar aquella gran partida de ajedrez con un tal movimiento como ese. Tenía que recuperarme y rápido.
Dunoir, esa era la clave.
Pero para ello necesitaba antes algo más de autoestima. Algo más de lo de siempre.
Me encaminé por los pasillos hacia la sala común de Gryffindor, como tantas madrugadas ya. La Dama Gorda seguía haciéndose de rogar, aun sabiendo que me dejaría pasar, aunque aquella primera noche que volví me dijo que me había echado de menos. Sonreí. Justo lo que yo tenía pensado "medio decirle" a Horace en cuanto me metiera en su cama. Realmente, me salió casi auténtico gracias al cansancio que todavía arrastraba. No estaba del todo recuperado y el viaje de regreso me había afectado.
Pero ya habían pasado un par de noches de eso, y su cumpleaños estaba a punto de llegar. Por ello, tenía algo bastante especial preparado. Una noche que seguramente jamás olvidaría. Un magnífico regalo, tanto para él como para mí.
Entré sigiloso pero rápido en la habitación de Horace, conociendo ya el camino de memoria. Me colé en su cama, con los doseles echados desde el principio de la noche. Sonreí malicioso, recordando que había empezado a hacerlo al darse cuenta que seguía visitándole.
Murmuró algo cuando me pegué a él, pasando mi mano por su pecho, frotando su propio pijama contra él en el movimiento.
- No te hagas el dormido, cobarde – le susurré con los labios contra su oído, pasando a morderle suavemente el lóbulo mientras le iba girando para colocarme encima de él.
-
Estaba dormido –dijo con voz pegajosa, dejándose hacer.
- Son demasiadas noches como para no saber cuándo me mientes al respecto, Horace. –murmuré mientras bajaba los labios por su cuello y le desabrochaba tranquilamente la camisa del pijama. Notando bajo mis manos su escalofrío al morderle suavemente.
- Me dijiste que vendrías a dormir, así que me estaba preparando concienzudamente para hacerlo bien. –intentó bromear. Una de sus manos se enredó en mi pelo mientras seguía bajando besando, succionando y mordiendo por su pecho. Regodeándome en algunas zonas sólo por oír su respiración acelerarse. Deslicé mis manos por sus caderas y un suspiro, cercano a un gemido, pareció escaparse de su boca.
- Sshhht…. –susurré, colocando de nuevo mi cara a la altura de la suya- …no debemos hacer ruido, ¿recuerdas?
Le besé con fuerza en la boca, hambriento, mientras colaba mi mano en su pantalón y me apoderaba de él. Quería evitar que hiciera ruido, tragándome todos sus gemidos y sus insultos. Aunque empecé con fuerza, relajé el movimiento durante un rato, jugueteando con mis dedos, para acelerar al final hasta que noté la sacudida que le recorrió por completo, como una descarga eléctrica, haciendo que su cuerpo se doblara bajo el mío, contagiándome parte de su excitación.
- Maldito…
- …cabrón, sí. Lo sé. Gracias.
Mientras yo hacía uso un instante de la varita, se recuperó de los jadeos para saltarme a la boca. Seguramente para que me callara. No le dejé hacer y le clavé contra el colchón. Gimió un quejido. Sonreí.
Recosté parte de mi peso suavemente sobre él, descargándome sobretodo hacia un lado. Hundí la cabeza en el hueco de su cuello y perdí mis manos entre sus rizos.
- No creo que venga hasta pasado tu cumpleaños –dije desde mi posición.- Y, de hecho, quiero que seas tú quien vengas en esa ocasión.
- …¿de qué estás hablando? –murmuró, todavía intentando regular su respiración.
- No voy a venir la víspera, cuando seguramente tus amiguitos gryffindor asalten tu cama pasado el primer minuto de la media noche. –empecé a explicar- Ni tampoco la noche misma, pues seguramente seguiréis con la fiesta. Quiero que vayas la noche siguiente a la sala en que tocaste mi canción.
No pude evitar sonreír contra su cuello al recordar aquella noche la noche de mi cumpleaños, junto al piano.
- Tengo un regalo para ti.
Demian. L. ... 12/05/2007 07:59:00 PM
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El principio de año me había hecho ver lo rápido que pasaba el tiempo y lo cerca que estaba, cada vez más, el fatídico día. Todavía no sabía bien qué debería hacer. Bueno, sí lo sabía, pero desconocía el cómo. Silvia me habría dicho que le clavara una daga en el corazón a Helene. Yo me habría reído.
Pero la pelirroja y yo ya no nos hablábamos. No mucho, al menos. Coincidíamos en varias clases, pero nos ignorábamos elegantemente la una a la otra. Set no había preguntado nada. No por ahora.
Intentaba no pensar en ello. En ella. Debía preocuparme por cómo salir del pozo en el que estaba metida. Aunque no fuera con vida. Por mí. Por ella. Por él.
Sobretodo por él. Era lo que ella quería.
Y yo también.
No paraba de repetirme todo eso. Y así había pasado los días. Atrapada en mis propios pensamientos, ausente. Abrazada a Set durante largas horas. En silencio la mayor parte del tiempo. Sentados delante del fuego casi siempre.
Había una parte de mí que no podía dejar completamente de lado la misión. Algo me decía que ello podría ayudarme a escapar. Ayudarnos a sobrevivir, incluso. Y, por ello, había estado muy atenta a las últimas escapadas de Firesoul.
Fue una suerte que Set me lo comentara, sin más. Él lo achacaba a algún nuevo capricho del prefecto, alumna, alumno o cualquier otra cosa que pudiera entretenerle. Realmente Set no iba del todo desencaminado, pero yo tenía que comprobarlo.
Le seguí una noche. Salió de su habitación no muy de madrugada, como parecía que seguía haciendo desde que había vuelto al castillo. No me sorprendió verle engatusar a la Dama Gorda del cuadro con éxito, permitiéndole la entrada a la sala común de Gryffindor. Eso tampoco me sorprendía, bien era sabido que Firesoul no le hacía ascos a ninguna de las casas. No para ciertas cosas, al menos.
Pero no pasó allí toda la noche, como también había notado ya. Sobre las cinco de la mañana, salió con una gran sonrisa desde detrás del cuadro, despidiéndose lanzándole un beso a la guardiana, que aceleró el movimiento de su abanico. Apenas llevaba el uniforme desecho. Sólo un par de botones de la camisa desabrochados. Parecía, simplemente, recién salido de la cama, no precisamente después de un polvo. Pero supuse que sería tan egocéntrico que seguramente se habría molestado en arreglarse un poco y pasearse tan condenadamente deseable como se creía. Capullo.
También le seguí de vuelta al Nido. Congelándome en el acto cuando se giró de golpe hacia mí. Por un instante, pareció mirarme a los ojos, pero sabía que eso era imposible. Estaba mimetizada con la sombra gracias al mimicus, y no iba a ser un niño pijo y malcriado el que pudiera mandar a la mierda mi entrenamiento como espía. Si había algo de lo que podía estar orgullosa, era de lo que buena que era en mi trabajo. Mucha sangre, lágrimas y cordura me había costado como para no ser una de las mejores.
Continuó con su camino después de escrutar reticente el oscuro pasillo tras él. Se quedó mirando una de las paredes como un pasmarote, el ceño fruncido. Yo misma miré ante su concentración, pero no sentí ni oí ningún movimiento proveniente de la Cámara. Dudaba que Firesoul sospechara siquiera lo que se escondía allí dentro. O más me valía.
Entró en la Sala Común después de dar la contraseña. Pensaba hacer lo mismo pasada una media hora, para no encontrármelo, pero entonces la marca en mi antebrazo ardió, quemándome con fuerza, dañando tanto como si un trol estuviera aplastándomelo.
Me apoyé contra una pared para no perder el equilibrio. Respiré entrecortadamente, intentando calmarme.
Tenía que subir al baño femenino del segundo piso.
Lyra ... 12/05/2007 07:47:00 PM
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septiembre 23, 2007
Las clases habían vuelto a empezar, acompañadas de las tan comunes nevadas invernales de Hogwarts. Con ese tiempo, salir de la cama daba más pereza que de costumbre, o tal vez los copos de nieve en las hojas de los árboles y el lago helado me recordaban cosas que no me apetecía recordar. Fuera una u otra cosa, había días en los que decidía no levantarme a primera hora, aunque Coleto me zarandease, me llamase o me sacase a rastras de la cama. Una vez desaparecía de la habitación, volvía a acurrucarme entre las sábanas y no salía hasta una hora más tarde; el miércoles fue uno de esos días.
Asistí a la mitad de las clases medio dormida, incluso a la de Hagrid, dónde tuve que disimular más de un bostezo mientras Horace no dejaba de murmurar que parecía un oso intentando invernar. Matarle a miradas asesinas no surgía efecto, en parte porque me conocía demasiado, en parte porque estaba demasiado concentrada en no dormirme.
Lo único que logró despertarme ese día fue el maldito encantamiento que lanzó el maldito Puffie a mi maldito tintero. Le hubiera lanzado una maldición de vuelta con ganas, pero dada mi escasa lucidez del día, preferí limitarme a mirarle mal e intentar controlar al tintero y su bailoteo estúpido.
* * *
Dejé a Horace y su secreto tranquilo durante unas horas, tiré todo el material encima de la cama, dándole un toque más desordenado a la habitación, y bajé las escaleras de nuevo para dirigirme al campo, donde el equipo Gryffindor recibía los clásicos ánimos e instrucciones de su capitán, Oliver Word. Desde que Potter había entrado, y con él habían llegado las victorias, se le veía más feliz y energético, aunque se tratasen de sus últimos partidos en Hogwarts. Como suelen decir, más vale tarde que nunca, aunque más vale siempre que tarde. Dimas también estaba allí, sonriendo a diestro y siniestro y hablando alegremente con el capitán, dándole consejos que, increíblemente, eran útiles.
Pertenecer al equipo de quidditch de Gryffindor era lo mejor que Hogwarts me había otorgado, aparte de Heguy y toda la tropa que solía rodearnos. Pesé a tener vértigo, el hecho de ser consciente de estar suspendida a metros del suelo me hacía sentir bien. Siempre. Podía hacer lo que quisiera, con la absoluta certeza de que no iba a caerme nunca. En el aire no cometía errores, todo lo contrario que con los pies en la tierra. Nada dolía tanto ahí arriba, nada permanecía eternamente, y nada era tan real como yo hubiese querido. Comparado con todo lo demás, era algo efímero, tan efímero como importante.
El descenso era lo más duro del día, como quitarle un caramelo a un niño. El cansancio aparecía tan sólo poner los pies en el suelo, igual que el barro de la fina llovizna que te había estado acompañando durante el entrenamiento, pero que no habías notado. Los que habíamos sido los reyes del cielo durante apenas tres horas, nos convertíamos en unas simples figuras que atravesaban pequeños charcos saltándolos, se ensuciaban las botas arrastrándolas por el suelo y se dejaban vencer definitivamente por el cansancio una vez en la ducha, notando el chorro de agua caliente deslizarse por la espalda, masajeándose la cabeza enjabonada durante más tiempo del necesario. El vaho y el calor sustituían al frió y la llovizna del invierno, y la tranquilidad que se respiraba en el vestuario después de un entreno era algo reconfortante.
* * *
- ¿Tienes sueño?- inquirió.
- Ajá.
Después de cada entrenamiento, Maerd solía esperarme, resguardado de cualquier lluvia o nevada, e íbamos juntos al Gran Comedor. En los últimos tiempos, lo había cogido por costumbre, aunque sin siquiera preguntárselo, suponía que con Dunoir debía pasar lo mismo. Al fin y al cabo era el Don Juan del castillo, con su eterna “competición” con el otro Casanova y sus conquistas por gusto.
- ¿No duermes?- Volvió a preguntar. Empezaba a sonar como Frances. Casi al instante intenté imaginarlo como padre o como marido. Un escalofrío me recorrió la espalda.
- Claro que duermo.- fruncí el ceño.
- Tu cuerpo no opina lo mismo.-comentó, tan cerca del Gran Comedor que podíamos oír los tintineos de los cubiertos.
- Creo que no duerme bien desde que durmió conmigo.- interrumpió Silvia, pasando tranquilamente por nuestro lado. Después de sobresaltarme, me di cuenta de que tenía razón, aunque esa noche había dormido la mar de bien.
- Eso no tiene nada que ver.
- Me alivia saberlo.- se rió. Arqueé la ceja e intenté alcanzarla en dos zancadas, pero Maerd consideró conveniente tirarme de la manga para que no lo hiciera.
- ¿Has dormido con Coleto?
- Eso he dicho.- me encogí de hombros.
- ¿Duermes con ella y no conmigo?- su expresión bailaba entre la sorpresa, la curiosidad y la indignación.- ¿Eres…?
- ¡No!- le espeté. Era una verdad a medias, pero no iba a explicarle nada de ella. De aquello. De esos años.
- Vaya, eso hubiera explicado muchas cosas.- suspiró.
Le dirigí una última mirada y me encaminé de nuevo hacia donde se encontraba el cuarteto Gryffindor. Antes de que pudiera sentarme al lado de la pelirroja, el águila se deslizó a mi lado como una serpiente y ocupó mi sitio.
- Oye, te he dicho mil veces que esta no es tu mesa.- me ignoró completamente, centrado en Silvia.
- ¿Cómo has conseguido acostarte con Lienyr?- Denys arqueó una ceja, sin darle demasiada importancia aparente; los labios de Itzuki hacían una “o” perfecta; Horace levantó la vista por encima de su vaso, y Silvia se limitó a sonreír enigmáticamente.
- Es un secreto.
- Oh, vamos, Coleto, dímelo y yo te digo lo que quieras… ¡Hago lo que quieras!
Observé la escena de pie, cruzada de brazos, mirando el cogote de Dimas, sopesando si intentar darle una colleja o dejarlo para otro día. Podía haber intentado quitarle la idea de ella y yo revolcándonos por la cama, pero no tenía por qué, no era de su incumbencia.
Suspiré.
- Deja en paz a Silvia y lárgate.- me miró, aun sentado, y se levantó con cara de perro apaleado.
- Esto es injusto.
- Lo injusto es que me robes el sitio.-gruñí por lo bajo.
- Lienyr
- Qué.- me puso una mano en el hombro y se agachó hasta quedar a mi altura, ya sentada.
- Me da igual no ser el primero.
Suspiré sonoramente y se fue. No me volví a mirarle, ni a él ni a nadie de por los alrededores. Iba a esconderme detrás de mi vaso hasta que todo el mundo se hubiera ido, mientras me imaginaba entrando en cólera, agarrando al estúpido ravenclaw de la corbata y estampándole contra una pared.
Decidí no imaginar más.
edit: Sí, sí, vaso, Vaso. VASO. Destatuadme ese 666 que tengo tatuado en el craneo y ponedme Vaso, así seguro que me acuerdo... O eso espero xD Sigh. *se frustra consigo misma*
Utena ... 9/23/2007 11:04:00 PM
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septiembre 20, 2007
Todo el mundo tiene un premio al final del día. El entreno de Quidditch, la llegada del pedido que encargó, encontrarse con sus amigos, con su pareja, con correo familiar, caramelos, una partida de ajedrez. Y podría pensarse que las ganas de llegar a ese momento, terminar Encantamientos, alejarse de los Hufflepuff y correr a buscar lo que estábamos esperando, es lo que hace la espera mucho más tediosa, que las clases se vuelvan lentas y poco interesantes. Sin embargo hay algo mucho peor que eso, y es que ningún placer te espere a cambio de siete horas de olor a pergamino, del rasgar de plumas y de histeria adolescente por los exámenes.
Me encontré revisando el reloj insistentemente mientras giraba en su cadena. Las clases duran una hora, las horas duran sesenta minutos, los minutos duran sesenta segundos. Pero el aula de Aritmética* parecía encontrarse fuera de las normas del espacio-tiempo, y los segundos duraban sesenta horas. Guardé el reloj en mi bolsillo por séptima vez y traté de concentrarme en la materia, que para algo estaba en el colegio, pero la monótona y suave voz del profesor Vector llamaba a que me cayese redondo de sueño sobre el suelo de piedra. Quería que la clase terminase ya, y sin embargo era un deseo estúpido, pues no me esperaba nada apetitoso fuera de las clases, al menos éstas me entretenían hasta cierto punto, me hacían mantener la mente atenta y me daban tareas que ocupaban la mayor parte de mi tiempo. Era absurdo comprobar como mi rendimiento académico mejoraba cuando me aburría soberanamente. La única solución era buscarme un hobby, cuanto antes mejor, algo que no consistiese en diez centímetros extras en los ensayos de Historia de la Magia, pero tampoco en montarme en una escoba a hacer el cafre. También excluyendo club de ajedrez o cualquier otra actividad que me obligase a socializar –cual cosa no era precisamente recomendable con mi actual y navideño estado de ánimo. Y a ser posible que me mantuviese fuera de la Torre, un poco fuera de Hogwarts.
Volví a mirar mi reloj, la manecilla indicaba que era casi la hora del descanso, y yo acababa de darme cuenta de que Hogwarts ya no era el castillo grande y cálido de cuando tenía once, doce, trece años. Era piedra sobre piedra, clases y alumnos, un hogar que estaba prestado por sólo siete años, y las cosas se acaban con una prontitud espeluznante. Las visitas a casa siempre me robaban fuerzas, la última parecía habérmelas quitado todas, incluso las que Hogwarts pensaba prestarme estos siete años -que han acabado siendo cinco-. Mientras McGonagall nos preguntaba en privado por enésima vez, rellenando el formulario numero tropecientos, qué pensábamos hacer con nuestro futuro, yo escribía “Auror” y sólo esperaba convertirme en un hombre ocupado algún día, tan ocupado que no tuviese tiempo ni para mi mismo. Era demasiado joven como para que me asquease la vida.
Se me cayó el reloj al suelo, suerte que la campana amortiguó el sonido del metal contra el suelo.
Acompañé a Zoile al salir de clase, un Hufflepuff había hecho que su tintero bailase la samba descontroladamente y teníamos que sujetarlo dentro de una bolsa de plástico para que no nos manchase más de lo que ya estábamos.
- Ése es uno de los cazadores de Hufflepuff –se sopló el pelo para quitárselo de la frente, ya que tenía las manos ocupadas-, espero que recuerde el partido que tienen contra Gryffindor en Abril, porque voy a hacer que se estampe contra el suelo por esto.
- Violenta.
- Ajá.
- Slytherin.
- Oye, ¡a mi no me insultes!- esquivé su colleja justo a tiempo, aunque casi me llevé a unas alumnas por delante.
- Redirecciona tu odio hacia el Puffie -reí-, ¿hoy no tienes entrenamiento?
- Sí, justo dentro de cinco minutos.
Cruzamos la puerta de la Torre, el bailoteo del tintero pareció cesar, el encantamiento estaría perdiendo poder.
- ¿Toda la tarde? –suspiré sonoramente.
- Como siempre - Zoile se paró en la puerta del dormitorio de las chicas-. ¿Ya me echas de menos?
- Sabes que te echo de menos siempre que no estás a mi lado –sonreí.
- Deja de juntarte con Dimas.
- Sí, creo que es un buen consejo...
Nos quedamos un momento en silencio el uno frente al otro, disfrutando de la soledad de las escaleras, donde el barullo de la Sala Común quedaba un poco lejos. Lo único que sonaba con claridad era el silbido del aire al pasar por una vieja grieta en la ventana. Y Zoile me miró significativamente.
- Estás raro.
- Puede.
- ¿Puede? –alzó las cejas.
- Hmm...Sí.
- Explícame eso.
Me pasé la mano por la nuca con claro cansancio. Algún día tenía que decirle a alguien, o al menos a ella, las cosas que pasaban últimamente en la parte surrealista de mi vida. O se lo contaba o yo caía cual castillo de naipes bajo el peso de los acontecimientos. Pero aquel no era el momento, no aun cuando las cartas no estaban totalmente colocadas. Aun podía aguantar un poco más sin echar mano de querer compartir mis preocupaciones con Zoile. Ella tenía las suyas, yo las conocía incluso mejor de lo que ella quisiera.
Quizá otro día, uno en el que nos sintiéramos con un nivel de hormonas preocupantemente inestable.
- Te lo explicaré...más adelante.
- Más te vale.
- Sabes que cumplo mi palabra –nos sonreímos mutuamente.
Me pasé la tarde haciendo deberes con Jacques en la misma habitación de los chicos. Él todavía no había abandonado la manta que arrastraba arriba y abajo en invierno y yo desesperé por su nula capacidad para entender Pociones, acabando de escribirle el trabajo.
Ignoro a donde se fue, pero llegó un momento que, sin nada mejor que hacer –y esperándome una insufrible clase de Herbología a primera hora de la mañana- me metí en la cama cenando temprano.
Seguía dándole vueltas al extraño estado en el que me encontraba desde que había vuelto de las vacaciones, me parecía increíble que realmente se hubiesen agotado mis ganas de pelear, o al menos de no mostrarme indiferente hacia cosas que nunca deberían ser tomadas con indiferencia. Pero ahí estaba el estado de espera constante, mirando el reloj, como si el tiempo tuviese les respuestas a mis preguntas –unas preguntas que desconocía- y todo lo demás importase bien poco. ¿Y qué provocaba todo aquello? ¿El cansancio? ¿El agotamiento mental? Sentí ganas de mirar de nuevo la hora, y no me lo permití. Seguir de ese modo iba a causarme graves problemas de estrés, que no era algo que desease especialmente. Me cubrí la cabeza con el edredón para evitar que la luz me desvelase.
Me di un susto de infarto en medio de la noche. Algo se removió en mi cama y mi somnolienta mente pensó “¡serpientes!” sin motivo aparente. Estaba tan dormido que mi cerebro fue mucho más rápido que mi cuerpo, y Demian ya estaba enganchado a mi antes de patearlo creyendo que era un bicho venenoso –aunque quien diría las diferencias. Suspiré silenciosamente, dándome cuenta de que se había dormido casi de inmediato y me giré un poquito para que no me aplastase el brazo derecho.
-...echado de menos- sonó su voz, entre el bostezo y el susurro. Y me quedé totalmente quieto.
Justo en ese momento, en ese maldito instante, las cosas parecieron encajar una detrás de la otra, como los eslabones de una cadena. Y el que había faltado cerró el ciclo. Y todo volvía a estar en su sitio, como debía ser. O al menos así se sentía. El tiempo corre normalmente.
Me froté la frente con la mano suavemente. Zoile se iba a reír en mi puta cara.
//OUT
*En el horario pone “Optativas”, y creo recordar que se podían elegir dos (como los créditos variables), en este caso Horace tendría Adivinación y Aritmética. Sino, pues entonces está haciendo Adivinación y punto xDD.
Rinoa ... 9/20/2007 12:37:00 AM
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agosto 23, 2007
Quise darle un cumpleaños tranquilo. Hacía tiempo que quería regalársela, pero no quería que fuera sólo un regalo de cumpleaños. Aunque sabía que no se lo iba a tomar así. En realidad, llevaba todo el día pensando en cuando sería el momento adecuado. Lo normal habría sido dárselo ese mismo día, el indicado en el calendario, pero al mismo tiempo había algo que me lo impedía.
Cuando me senté en el alféizar interior de una de las ventanas del segundo piso, pude ver al grupo de gryffindors haciendo un picnic invernal. Qué casualidad. Supuse que sería el cumpleaños. Si no, no entendía qué hacía Set allí. Aunque sabía lo convincente que podía llegar a ser Silvia. Parecían pasárselo bien. Sonreí tristemente y saqué un papel doblado del bolsillo.
Parecía más viejo de lo que era porque estaba un poco estropeado. A fin de cuentas, siempre había tenido que tenerlo lo más oculto que pudiera. La cantidad de veces que lo había doblado, y el tiempo que permanecía así entre mis costuras, o en el hueco que hice en la guarda del baúl habían hecho que las marcas fueran bastante visibles. Aun así no entorpecía la imagen que allí había. Supuse que eran cosas de las fotografías mágicas.
La secuencia empezaba con un primer plano de las dos. Silvia estaba radiante. Yo hacía una mueca y luego mi pelirroja me arrastraba hacia atrás, para que pudiéramos salir de cuerpo entero. Saludábamos, de la mano, Silvia daba un saltito y su uniforme celeste se movía al compás. Volvíamos a acercarnos a la cámara. Me abrazaba por detrás y salíamos durante un instante del encuadre. No se veía nada, pero cerré los ojos. No funcionó para no verlo. Para no sentirlo. Desaparecíamos escasos segundos. Un beso. Dos. De nuevo un primer plano y lanzábamos un beso al espectador. Y allí estábamos. Nosotras en Beauxbattons. Un nosotras que todavía existía en algún lugar. Fuera en aquella foto, en mi corazón o en dulces y amargos recuerdos. Pero existía. Siempre.
No sé cuanto rato estuve allí sentada, pero se habían marchado cuando volví en mí. Me dirigí a la biblioteca, la foto doblada una única vez en mi mano. Le pedí pluma y tinta a la señora Pince y me tendió un bote de azul marino. Suspiré. Giré la foto y escribí "Toujours" en el dorso. Cuando se secó, la bibliotecaria me ayudó a buscar un sobre adecuado. Le dije que era un regalo y sacó de la nada un pequeño sobre que estaba entre el celeste y el turquesa. Sonreí ante tanta casualidad.
Llegué casi a última hora a la habitación. Todas dormían. Simplemente me dejé caer sobre el colchón. No deshice la cama. No me puse el pijama. Dormí con la túnica. Con el sobre. Con la fotografía que no había querido volver a mirar, después de haber sido casi santo de mi devoción durante años. Sólo era una aproximación de lo que fuimos. De lo que éramos. Suspiré, recordando que también tenía una foto muggle de nosotras por ahí escondida. Sabía dónde, pero no quería recordarlo.
Se la di a la mañana siguiente, en un extraño momento en que pude encontrarla. Había gente alrededor, pero estábamos solas. Se la veía bien, debió de haber pasado un buen cumpleaños. Me consoló pensar que hice bien en no buscarla. "Ayer no quise estropearte el día" – le dije –"Joyeux anniversaire". Cogió el sobre lacado, intrigada. Merci, dijo con una sonrisa. Deshice el impulso de besarla en la mejilla. De rien, respondí, también sonriendo.
Y me marché. Me marché dejando a aquellas dos niñas en sus manos. Supuse que recordaría la foto, pero no sabía qué haría con ella. Decidí pensar que la guardaría en un rincón, con todo su cariño, aunque jamás volviera a mirarla. Algo así me gustaría, pero nunca tendría la certeza. Así que me convencí pensando que le habría gustado.
No pude evitar el escozor de los ojos cuando me alejaba. No pude evitar apoyarme contra una pared, dejarme caer hasta el suelo y romper a llorar. No pude evitar volver a sentirme destrozada por haberla perdido de nuevo. Definitivamente. Ésa había sido la auténtica despedida. Y la lloraba ahora o no la lloraría nunca.
Lyra ... 8/23/2007 09:09:00 PM
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agosto 01, 2007
El picnic no fue del todo mal. Set pareció distraerse por fin pese a querer asesinar a Dimas cada diez minutos y a que tenía una extraña obsesión por Horace que no supe entender. Zoile tuvo parte del mérito, parecían llevarse bastante bien, por eso de tener cosas en común como el odio mutuo al Ravenclaw y el silencio sepulcral.
Nos despedimos en las puertas del Gran Comedor, era hora de cenar y Set no iba a soportar otra hora más rodeado de Gryffindors. Lo atrapé por la manga antes de que se fuera demasiado lejos:
- Gracias por venir.
- No hay de que.
- Siento que no te lo hayas pasado del todo bien –medio sonreí soltándole la manga de la túnica-. Creí que sólo odiabas a Dimas y que el resto del universo te era indiferente –frunció el ceño molesto.
- La culpa es de tus amigos, que son unos escandalosos.
- Hoy has estado un paso más cerca de ser Gryffindor.
Subí las cejas malintencionadamente, él fingió estar enfadado: “Eso nunca”. De todos modos ya estaba acostumbrado a que bromease, empezaba a captar cuando decía las cosas en broma y cuando en serio. Esperé que no cogiese demasiada práctica.
En la mesa, Itszuki se hizo cargo de que todo Gryffindor se enterase de nuestros cumpleaños. Pude ver a Zoile intentar camuflarse detrás de la jarra de zumo de calabaza, pero no lo consiguió con demasiado éxito. La entendí perfectamente, todo sexto cantando “cumpleaños feliz” y el resto del comedor mirando y riéndose no era agradable. Pero no pude evitar la sonrisa y acabé uniéndome al corto y desordenado aplauso. No comí demasiado, llevábamos toda la tarde alimentándonos de porquerías varias y sentía que podía explotar en cualquier momento. De todos modos estaba esperando a encontrar un minuto de soledad para algo que aun tenía pendiente, y lo vi algo bastante difícil, a decir verdad. No fue hasta que subimos a la Torre que nos vi liberadas de gente.
La japonesa iba a pasarse al menos una hora encerrada en el baño poniéndose sus cremas y tonterías, nos dio tiempo de sobras a cambiarnos, es más, Zoile se me adelantó y ya estaba metida en la cama. Me senté en la mía y la madera crujió bajo mi peso.
- Oye.
- ¿Hmm? – se removió entre las sabanas.
- Gracias hoy por lo de Set y eso.
- No parece mal tío.
- No –sonreí-. No lo es. Sólo le cuesta un poco acercarse a la gente.
Siguió con los ojos cerrados.
- ...Oye –esta vez si se giró y me miró.
- ¿Qué pasa?
- No te he dado las gracias aun. Sobre... ya sabes –junte las yemas de mis dedos, jugueteando.
- Sí me las has dado. Varias veces, a demás.
- Pues te las doy otra vez.
- Y yo te digo otra vez qué no pasa nada.
La miré un segundo, después bajé los ojos mordiéndome los labios. Sentía como si la hubiese metido en un lugar al que no pertenecía y no quería estar, pero de todos modos la había obligado a entrar y a quedarse, un poquito.
No había vuelto a ver a Danna, y no la esquivaba, me había prometido no hacerlo. Hogwarts se hace ancho a veces a voluntad, pero no sabía que también a la de sus alumnos. Esa era una forma de huir, de todos modos. En un pequeño lugar, donde las esperanzas nunca mueren, donde siempre queda una vocecilla interior que te dice “Sigue esperándole! Date otra oportunidad!”, había esperado toda la tarde a encontrarme con ella, y entre sus brazos un paquete para mi. Set me había dicho que justo esa fatídica tarde se habían encontrado y ella parecía haber cedido. La vocecilla se acalló. Y se mezclaron en un mismo lugar la angustia de haber perdido la última esperanza y la felicidad de sentirme liberada por fin, las cosas arregladas.
Técnicamente yo ya no hacía nada en Hogwarts. Me decía que estaba por si acaso, porque las cosas siempre se tuercen cuando las das por echas. Una mentira más que sumar a las que decía a los demás y las que yo misma acababa creyéndome.
Quería ver a Danna con un paquete pequeño para mi, con algo minúsculo pero importante. Guardarlo allí donde guardaba todas sus cosas, la cajita violeta en la esquina de mi baúl, cerrada y sin abrir en todo el curso. Por otra parte deseaba que se cerrase esa parte de mi vida, que la abarcaba toda entera. Danna paseando de la mano de Set era lo que necesitaba. Y las necesidades están por encima de los deseos.
Cuando salí de mi monólogo mental, Zoile seguía despierta, observándome. Me encogí de hombros sonriendo, preocuparla no iba a hacer nada por ninguna de las dos.
- ¿Quieres dormir conmigo esta noche?
Solté las sábanas y no pude evitar sorprenderme ante la propuesta. No vio mi expresión, estaba boca arriba, tapándose los ojos con el antebrazo. Y tampoco me vio asentir con la cabeza, pero supuse que entendería si ya estaba dentro de su cama.
Dudé en si abrazarla o no. Pero, qué tontería, dormir con alguien para mantener un margen de quince centímetros era una de las cosas más absurdas que había visto nunca. Pasé mi brazo por encima de ella y me arrimé, confirmando una vez más que los cuerpos de las chicas encajaban perfectamente como nada más.
- Feliz cumpleaños –susurré.
- Feliz cumpleaños a ti también.
Hacía años que la noche no me sabía tan dulce.
Eiroco ... 8/01/2007 02:03:00 AM
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julio 15, 2007
Ese año, pasé las vacaciones de navidad entre mantas, pañuelos y bufandas. No salía demasiado del castillo, y cuando lo hacía, al volver me tocaba sesión con Silvia y sus miradas de reproche. Y sin apenas darme cuenta, los alumnos fueron volviendo, y con ellos Horace y su olor a tabaco, al que era tan fácil acostumbrarse.
***
Cuando me desperté, Univelli ya estaba cantando “Happy B-day”, primero en inglés y después en japonés. Coleto se unió a ella, cantando alegremente la versión inglesa y tarareando la melodía cuando tenía que hacerlo en japonés. Las miré sin saber muy bien que hacer, nunca sabía como actuar ante esas muestras de “afecto”. Esperé a que terminaran y la japonesa me diera el paquete que había escondido detrás de su espalda, con su habitual sonrisa de felicidad eterna.
Lo primero que asomó cuando empecé a romper el papel fue la cabeza de un muñeco, la cual mantenía un curioso parecido con Heguy. Después unos rizos pelirrojos y otra cabeza rubia, con una sonrisa de oreja a oreja.
Tiré el papel de regalo a un lado y me quedé contemplando los seis muñecos de fieltro, cosidos perfectamente y también perfectamente identificables. Arqueé la ceja cuando vi que mi muñeca y la que representaba a Maerd estaban cosidas por la mano. La miré de reojo, pero viendo su cara de orgullo ante su buen trabajo, no fui capaz de decirle nada.
Tal vez me quedé mirando a los seis mini-nosotros con cara de boba feliz, pero Itszuki se dio por felicitada incluso sin habérselas dado y se fue dando saltitos. Suspiré y me fui al baño para lavarme la cara. Volví a oír la puerta de la habitación abrirse. Asomé la cabeza y vi a Horace mirando primero el papel de regalo y después los muñecos; También arqueó una ceja.
Me fijé en lo que traía entre las manos, un gran libro de tapas de cuero y un lazo de regalo alrededor.
- ¿Qué es? Y no me digas “Un libro”.- añadí.
- Lo encontré en el Callejón Knocturn antes de que empezasen las clases. Historia sobre dragones.- ladeé la cabeza, interesada, y me acerqué. Él sonrió.- Siempre lees ese libro que escondes en el baúl, quizá aquí puedas encontrar algo nuevo.
Lo cogí y acaricié la cubierta con un dedo. Sin levantar la vista le di las gracias, pero cuando al fin la levanté un poco y le vi ahí, satisfecho, no pude más que sonreirle.
Denys nos esperaba abajo, y nos felicito tanto a mi como a Silvia, ya que el 12 de enero era el suyo e íbamos a celebrarlo a la vez. Le dimos las gracias, la francesa dándole los besos y yo con un movimiento de cabeza.
Al salir, nos encontramos con Wood, quien me felicitó y me dio dos besos, como solía ser su estilo pese a saber que no era la ilusión de mi vida las muestras de afecto corporales. Entró en terreno Gryffindor y dejó atrás a su amigo y aliado en Quidditch, Dimas.
Si Horace no me hubiera tirado del brazo, me habría parado a contemplar la escena; Maerd mirando hacia nosotros, con flores y con sonrisa de príncipe de cuentos infantiles,
- Míralo, incluso te trae flores.- le fulminé con la mirada, mientras intentaba pensar en algún hechizo que hiciera que se abriera la tierra bajo mis pies.
- No son para mi.
- No, claro, son para mi. ¿Para quién van a ser?
- Para la Dama Gorda, que le deja entrar cuando quiere…
Pero mi teoría no le convenció, y al llegar a su altura, Dimas la descartó por completo, tendiéndome las flores. Le miré, incrédula.
- ¿¡Por qué me traes flores!?
- Porque es tu aniversario.- suspiré.
- Si quieres hacer un regalo, que sea algo menos pomposo.
- Pero ya sabes como soy.- su sonrisa no vacilo ni un instante.
- ¿Florista?
- Atento y cariñoso.- Guiñó un ojo. No supe que contestarle.- No puedo darte dos besos con las flores en la mano.- “Entonces mejor no te las cojo”- Pero puedo abrazarte.
Volví a entrar en la Sala Común, suspirando, flores en mano y dejando a Heguy cachondeándose de él, y él siguiéndole el juego.
***
Hacía unos días habíamos acordado celebrar ambos aniversarios haciendo un picnic en los terrenos de Hogwarts, pese a estar en enero y resfriada.
- Hace frío.
- Da igual.
- Hacemos una hoguera.
- Si quemamos algo, nos echan.
- No vamos a quemar nada, mujer.- Les miré a todos y suspiré.
- Además, si tienes frío puedes acercarte a mí.- Dimas.
- …
Escogido el sitio y el lugar, y llegado el día, nos sentamos en circulo, todos con bufanda menos el Ravenclaw, quien, como buen playboy, tenía que llevar la corbata mal puesta y la camisa demasiado abierta. Fruncí el ceño, desvié la mirada y cogí uno de los inventos culinarios de Univelli y comí en silencio hasta que Coleto se levantó para recibir a alguien.
- ¿No decías que no le conocías?- miré al playboy.
- A quién.
- A ese Slytherin- hizo un movimiento en dirección a la francesa, que, efectivamente, estaba hablando con el Slytherin que había intentado sacarle la cabeza el otro día.
- Y no le conozco, le conoce ella.- murmuró algo que no oí y siguió a lo suyo.
Cuando se sentó junto a nosotros, lanzó un par de miradas asesinas a Horace y Dimas. Arqueé una ceja mientras oía al Gryffindor hacer la típica pregunta retórica: Un Slytherin?. Silvia carraspeó.
- Éste es Set Valandor.
- Bienvenido al picnic.- Toda persona que lanzara miradas asesinas al Ravenclaw era bienvenido.
-…- Alguien murmuró.
- Medio japonés, no? Yo soy de Osaka.
- Kyoto.
Viendo que no iba a darle conversación, Itszuki le sonrió y siguió hablando con Denys, mientras pianista y playboy se enzarzaban en un combate de bolitas de papel. Arqueé una ceja y presté atención a la conversación del medio japonés con la francesa.
- Por favor, dime que tienes alcohol
- Aguanta.- le sonrió.
-¿Eso es que sí?
- No vamos a hacerte nada.- interrumpí. Cualquier Slytherin se encontraría incómodo ente tanto Gryffindor.
- Claro que no, es para mis nervios.
Coleto aprovechó para cachondearse un rato de él. Al cabo de un rato, parecía que se había relajado y no se acordaba de lanzar miradas asesinas a todo aquel que gritase o riese demasiado alto, o que, simplemente, se llamase Horace Heguy o Dimas Maerd.
- Ah.- le miré.- Felicidades.
- …Gracias.- sin saber que más decirle, caí en la cuenta que la pelirroja parecía pasárselo la mar de bien, y el Slytherin volvía a acordarse de matar a los presentes con la mirada; Le volvió a tocar al Ravenclaw.
- Puedo preguntar qué te he hecho?
-…
- No eres una tía, así que no te he metido mano.- Horace se golpeó con la mano en la cara, casi con exasperación. Le miré de reojo con el ceño fruncido.
- Calma…- se dirigió a Valandor.- es normal si vas fulminando a la gente con la mirada.
- Yo entiendo que intente matar a Maerd con la mirada.
- ¿Qué tenéis todos con el pobre dimas?- suspiré.
- Sólo le conoces de hace menos de un año, es normal que no lo sepas.
- Si me conocieras más te habrías enamorado de mi.- El playboy volvió a demostrar que prefería seguir siendo un playboy aun con su integridad física en juego.
Si Valandor decidía partirle las piernas, no iba a ponerme por el medio como la última vez.
Utena ... 7/15/2007 09:31:00 PM
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junio 04, 2007
La estúpida idea de que últimamente estoy en comunión con la naturaleza, o ella conmigo, cruza mi mente por un instante. Hubo tormenta la última noche que un huracán pasó por mi cabeza. Llovía la última vez que me quedé sin lágrimas a base de hechizos. Y ahora hacía un frío endemoniado que parecía haberse colado dentro de mí sin intención alguna de marcharse.
No quise ver cómo se iba. Como desaparecía de nuevo de mi vida aun antes de que pudiera darme cuenta de que había vuelto. Tal vez lo mejor fuera olvidar todo lo nuevo, y quedarme anclada en Beauxbattons. En que allí éramos felices. Cuando ninguna había intentando todavía matar a la otra. Cuando aun no había muerto ninguna y nos queríamos. Cuando éramos felices. Y ya está.
Pasar página. Aun cuando las heridas de papel son tan dolorosas.
Aprender de lo vivido…y ya está.
Suspiré, cortándome los labios y congelándome los pulmones por un instante. Estaba fría y vacía, pero no me importaba porque me encontraba tranquila. Como la calma después de la tempestad…o algo por el estilo, tal vez fuera más bien el ojo del huracán. Nunca se me había dado bien definir mi interior, plagado generalmente de emociones contradictorias. Sentía la pérdida, pero también había algo más. Nuevo, acogedor…identificable por el momento. Intenté analizarme, comprenderme pero me sentía completamente ausente de mi misma. Dirigí la vista al suelo, teniendo la sensación de romper una pequeña cristalización al hacerlo. No sabía cuánto tiempo había pasado allí de pie acosada por el frío viento, no sería mucho, pero no recordaba que las sombras del suelo fueran tan largas y difusas.
Me arrastré por simple inercia hasta la Sala Común, más vacía que de costumbre, y no fui consciente del tiempo que hacía que no sabía nada de él desde lo ocurrido hasta que le ví sentado en la repisa de una de las ventanas. Sabía que había visto fantasmas con mejor cara que él, pero no que un simple "¿Qué te pasa?" desencadenaría todo aquello.
Me hace preguntas a las que no puedo ni sé contestar. Pero luego no me pide que hable. Enciende la chimenea mientras nos sentamos frente a ella y me envuelve en sus brazos mimándome y acariciándome, como si fuera un cachorro abandonado. Es curioso como me parece que es él quien realmente da esa impresión. Siento que me necesita tanto como yo a él. No, sabes que tú más. Y Silvia también lo sabe. Y son Set y Silvia los que me hacen replanteármelo todo.
Me gusta verle dormido y tranquilo. Las luces del fuego acarician su rostro. Nos cambio lentamente de postura para que no se despierte, pasando a ser yo quien le acaricie el pelo y los brazos completamente ida, con la mirada fija en las llamas que bailan y consumen la madera, convirtiendo algunas partes de mí misma y mi vida en ceniza.
No, no es lo que realmente quiero, y para ello tengo que hacer unos cambios. La historia no puede volver a repetirse. Aunque me cueste la vida, no puedo volver a pasar por lo mismo. No quiero.
Concentrada en el fuego, consciente de que tengo que empezar a mover mis piezas, debo construir una estrategia para que la dama proteja a su rey. Aunque me queme, porque cuando juegas con fuego, te quemas. Y no hay fuego más peligroso que el de dos locos sedientos de gloria y poder.
Habrá que controlarse para no acabar en la hoguera junto a las antiguas brujas.
Me gusta verle dormido y tranquilo. Sin saber nada de lo que ocurre a su alrededor. Es frustrante, pero tendré que acabar diciéndole algunas cosas. Incluso que le quiero. Incluso que seguramente moriré antes de que acabe el curso. Pero valdrá la pena.
Como vale la pena despertarle para poder besarle.
Lyra ... 6/04/2007 07:28:00 PM
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abril 09, 2007
Alguien es un vampiro. Alguien es un mortífago. Alguien quiere a alguien. Alguien manipula a alguien.
Cosas que pasan. Sin embargo, la realidad puede ser cruelmente diferente cuando ponemos nombre a ese Alguien.
Silvia es un proyecto de vampiro. Danna es una mortífaga. Danna quiere a Silvia. Silvia me ha manipulado.
Alguien tiene los restos de su corazón desparramados por todo el puto colegio.
—¿Qué te pasa?
La miro de arriba a abajo. Parece que está bien. Alguien no sabe si se siente aliviado, cabreado, traicionado, triste o preocupado.
—Por fin te han dejado salir...
—Gracias por venir a verme a la enfermería.
Sacudo la cabeza. No hay nada que agradecer. Que yo vaya o deje de ir a verte cuando estás convaleciendo no hará que te cures antes o después.
—¿Y qué vas a hacer?
—¿Qué voy a hacer respecto a qué? —me mira extrañada.
—Vi cómo Silvia te tapaba el tatuaje —señalo el brazo de la discordia.
Silencio. Se frota los ojos lentamente, pensando. Supongo que acabo de añadir un problema más a su interminable lista.
—¿Fuiste tú quien me llevó a la enfermería?
—Sí.
—...gracias.
—¿Y qué vas a hacer?
Danna suelta una pequeña risa, no de alegría, sino de incredulidad.
—¿Pero te das cuenta de lo que me estás preguntando?
—Es que no sé explicarme —me encojo de hombros.
—De todos modos, tampoco creo que yo pueda explicarte nada.
—Supongo que es por eso que siempre apartas a todo aquel que se preocupa mínimamente por ti.
—Dios, suenas como Silvia —Silvia: tantas emociones contradictorias condensadas en la misma palabra...—. Y sí, es por eso.
—¿Y eso es lo que quieres? —¿Estar sola toda tu vida? ¿A cambio de... nada?
—Es lo mejor para todos.
—Es lo mejor para todos, menos para ti.
—Pero eso da igual —Kuso, ¿por qué demonios siempre acabamos con lo mismo?
—¡No da igual! ¡¡¡A mí no me da igual!!!
¡TE QUIERO, joder! ¿¡Cómo demonios va a dar igual!?
—Pero que a ti no te dé igual no es bueno para ti.
Ahora es cuando la sangre deja de fluir a mi cerebro, y este se alimenta de ira, desesperación, e impotencia, y grito maldiciones.
—¿Y esto es lo que quieres? ¿Realmente? ¡Me da igual que sea mejor o peor, quiero saber si es lo que tú quieres!
—No, no es lo que quiero —dice secamente mientras sus ojos se congelan.
—Deberías hacer algo al respecto, entonces.
—¿Y quién te ha dicho que no vaya a hacer nada?
—Antes del fin del mundo, me refiero.
Profiere la misma risa incrédula de antes como mecanismo de defensa.
—No tienes ni idea de lo que está pasando, Set.
—¡Porque nunca me dices nada! Yo quiero ayudarte.
—¡Porque más nos vale que nunca te diga nada! Ni siquiera deberíamos estar teniendo esta conversación —corto silencio—. No sé si te estás dando cuenta de a quién coño le estás ofreciendo ayuda —añade molesta.
—Perdona por querer ayudar a quien amo a llevar la vida que realmente desea —pongo los ojos en blanco.
—No estamos hablando del mismo tipo de ayuda —sacude la cabeza, sarcástica.
—No tiene gracia. Y no voy a desaparecer, lo quieras o no.
—Bien, ¿y entonces qué piensas hacer?
No pienso. Cierro los ojos. Le abrazo. Fuerte. Un suspiro y un "gracias" apenas audibles.
—Deja que me quede —suplico.
—Morirás.
—Eso nunca se sabe.
Termina el abrazo y se separa. Me mira seria.
—Todos mueren, Set.
—Me han educado para morir más pronto que tarde, de todos modos.
—Entonces te quedarás diga lo que diga —musita.
Asiento con la cabeza.
—Tendrás que aguantar mis... cambios de humor.
—Ya lo hago —ladeo la cabeza.
—Sí, pero ahora tendrás que aguantar también que a veces actúe como si no hubiéramos tenido esta conversación.
—"A veces" es mejor que "siempre"... ¿no?
—...a veces.
¿Qué quiere decir eso? Era una simple pregunta de "sí" o "no". Yo quería un "sí" o un "no".
—¿Me quieres?
Ella calla, y mis latidos machacan el silencio a un ritmo acelerado.
—No puedo contestarte a eso.
"Eso" también era una simple pregunta de "sí" o "no".
—¿No quieres o no puedes?
—...tal vez ambas.
A Silvia se lo dijiste.
—Danna, no quiero perderte.
—Es un riesgo a correr —levanta la cabeza para mirarme con fuerza—... igual que yo también puedo acabar perdiéndolo todo.
Le acaricio levemente la mejilla. Me escuecen los ojos. Me voy.
—No te vayas —me agarra del brazo —. Ahora... no quiero estar sola. Pero no me pidas que hable. Sólo quiero est-
Un beso corto. Le cojo de la mano. Una alfombra y una chimenea. Nos sentamos. Le abrazo por detrás. Le acaricio el pelo. Silencio durante horas. Me duermo.
BenKo ... 4/09/2007 08:21:00 PM
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marzo 21, 2007
Quedaban escasos cuatro días para que acabasen las vacaciones de Navidad. Los regalos ese año casi desbordaban mi baúl, no estaba acostumbrada a tener tantos amigos, al menos no íntimos. Vale, al grano. Supuse que
Danna ya habría salido de la enfermería, había visto a
Set deambulando por los pasillos en vez de llorar frente a su puerta. Claro que le había ignorado olímpicamente, y como él era tan manazas en el tema, ni tan solo se había acercado a molestarme un rato. La verdad, lo prefería.
Doblé los jerséis encima de mi cama para hacerles hueco en mi baúl, los elfos hacían la colada tan rápido que si se me pasaba un día ya tenía montones de ropa para poner en su sitio.
Itszuki decía haberse ido al encuentro de
Horace que debía estar al llegar, la morena se había vuelto a escaquear con el maldito resfriado que llevaba encima, así que tenía una aburrida habitación para mi sola.
Me había prometido salir de ahí de vez en cuando y no encerrarme todas las vacaciones, disfrutarlas al menos un poquito, pero nuestra habitación era demasiado acogedora y calentita.
Me las apañé para ordenar mis cosas un poco y bajé por las escaleras de la Sala Común.
El frío de las islas era pegajoso, húmedo. No importaba que no existiesen ráfagas de viento, me estaba convirtiendo en escarcha por dentro, aunque llevaba atada la bufanda como si me fuese la vida en ello. Rompí un cuadrado de chocolate en el interior del bolsillo de la túnica y me lo comí rápidamente para volver a tener las manos a salvo del endemoniado tiempo. No había acabado de deshacerlo en mi boca cuando me llamaron. Podía hacerme la loca y seguir andando, ya ves, no iba a ser la primera persona en el mundo que no afrentaba sus problemas ¿No? Tampoco parecía que el resto de la humanidad lo llevaste tan mal huyendo. A mi me iba bastante mal afrontándolo todo, debería cambiar de estrategia un día de estos.
Pero llegaba tarde a seguir con mi camino, porque la slytherin me había parado en medio de un pasillo del cuarto piso.
Se me quedó mirando. Si, bien, esos ojos ya me los conozco, no necesito cinco minutos para contemplarlos. No necesito sentirme más culpable de lo que ya me siento.
- ¿Qué?
- Al final... todo salió bien, ¿no?
- ¿Exactamente qué es lo que está bien?
- Estás viva... es un comienzo para estar bien.
- ¿Y tu qué? – se encoge de hombros.
- Yo también estoy viva. Es... otro comienzo.
- Ya, claro. Genial,
Danna. Es mi mejor regalo de Navidad, estar a punto de matarte.
- En todo caso, fui yo la que intentó matarse, por así decirlo. De todos modos, tú lo has dicho, estuvimos
a punto. Es lo que cuenta.
- Bueno yo tengo otro punto de vista diferente. Hace unos meses ni te hubieses dado cuenta si esto hubiese empeorado – me señalo poniendo una mano sobre mi pecho-. Yempeoró, y no debería haber un ahora para mi, así que es una estupidez que hagas estupideces como malgastar tu vida con la mía.
Esperé que comprendiese lo que trataba de decirle.
- Pero ahora puedo darme cuenta, y será asunto mío en qué malgasto mi vida...Ése era el problema, ¿No? Aunque hubiera muerto, no creería que habría malgastado mi vida.
- ¡El problema es que la pongas en peligro!
- ¿Por qué crees que mi vida vale más que la tuya?
- Técnicamente tu si tienes una vida por delante, y deberías estar en el maldito nido con el maldito
Set.
- Técnicamente, yo podría morir mañana si a unos cuantos personajes se les antojara. Así que técnicamente la dos vivimos con la incertidumbre de cuando será el último día.
- Hay quien haría por evitar eso...
- ¿¡Y entonces por qué no entiendes que yo haya hecho algo para evitar tu muerte?!
- ¿¡Y por qué vas a evitarlo ahora y no antes?!
- ¡¡Por qué ahora puedo!!
- Ah, ¿si? ¿Y qué ha cambiado? ¿La alineación planetaria? – le siseo con todo el veneno que pueda llevar dentro, y no es poco.
Baja los ojos dolida. Claro, la verdad duele ¿Quién se despidió de quién la última vez? ¿Quién se fue para no volver? Estaba harta. Harta de arrastrar un sueño y unas esperanzas sin fundamentos, que poco a poco perdían fuerza y ganaban peso. Para llegar aquí y comprender que las cosas no perduran a través del tiempo, que es fácil arreglar un futuro sin mayor oposición que unas palabras grabes. Lo que yo deseaba, sobrepasaba el poder de las palabras.
Duele una vez. No voy a recibir el golpe en solitario una segunda vez, perdí la templanza y no la voy a recuperar.
- Si quieres que desaparezca de tu vida sólo tienes que decírmelo.- se le humedecen los ojos. Qué suerte que tú puedas llorar mirándome. Yo no puedo. Eso no significa que no lo haga.
- Que yo recuerde, la que desapareció no fui yo, si no la que ha vuelto a buscarte. Y si he vuelto no es para perderte de nuevo.
- ¿¡...Si has venido a buscarme por qué coño no me dejas acercarme?!
- ¡¿De qué van a servir cuanto, ¿unas semanas, unos meses?!¡¿Y después qué?! ¿Nos despedimos de nuevo?
- ¡¿...No entiendes que es eso o despedirnos ahora?!
- No quiero despedirme, pero no tengo opción, no es decisión mía.
- Yo tampoco quiero despedirme, maldita sea. Pero dices que has venido a buscarme para estar apartándome de ti, ¡Está claro que es decisión tuya saber con qué opción te quedas!- llora.
- ¡Pero yo quiero que seas feliz! ¿Qué voy a conseguir quedándome a tu lado? ¡Tú tienes la opción de algo mejor!
- Yo no quiero algo mejor, pero si me dices que la razón es por la que no ganarás nada quedándote a mi lado, la aceptaré.
- Desearía más que nada en el mundo tener mi tiempo de nuevo y gastarlo contigo, pero no voy a desaparecer justo cuando creamos que hay una esperanza, no voy a ser yo la que se vaya de tu lado.
Yo no soy así.
- No te echaré en cara que te vayas, si es lo que estás pensando.
No voy ha hacerte eso, demonios.
No se que contestar, así que me limito a enterrar la cara en una mano e intentar tranquilizarme, no quiero ponerme a llorar como una magdalena. Esto no va a acabar en un abrazo y todo arreglado. Es mucho tiempo, un tiempo que ha pasado excesivamente lento para mí, que me ha robado cada segundo de vida que me quedaba. Un tiempo desaprovechado si no consigo mi objetivo.
Y ya está.
Me acerco y le doy en beso en la mejilla. Sonrío. Hazle saber que todo está bien, Convéncela. Déjala tranquila. Deja que duerma en paz esta noche y todas las que siguen.
- No voy a dejar que vuelvas a anteponerme a ti.
- Pues que ninguna anteponga a la otra.
- Yo ya no tengo nada que perder y tu si tienes, aunque creas que no. Si quieres hacerme feliz, aprovéchalo y escapa de Helene. Es inútil preocuparse por una causa perdida, así que no insistas.
- No es justo que te consideres una causa perdida, ¿No tienes derecho a ser feliz hasta que llegue el día..?
- Ya te he dicho que yo soy feliz sabiendo que vas a estar bien, lo demás, no es tan importante.
- Solo por que tú lo digas no tienes por qué ser cierto...
- Ya, pero no voy a dejar que sea de otra forma. Es mi vida, tengo derecho a gastarla en lo que yo crea necesario.
- Sigo sin entender porque no aceptas que yo diga lo mismo... – me encojo de hombros.
- Haz lo que quieras, pero yo no voy ha hacerlo de otra forma, así que creo difícil que lo consigas.
Poco a poco cae en el sueño, le tarareo mis palabras.
- Supongo que esto es una despedida.- digo por fin.
- ...No quiero despedirme.
- Ésta vez no eres tú la que se va. No creo que quisieras despedirte entonces, yo no quiero despedirme ahora, deberías comprenderlo.
- No me vengas ahora con "deberías comprenderlo".- refunfuña frunciendo el ceño. Pero ya ha dejado de llorar.
Ya casi ha llegado la hora.
- Lo entiendas o no,
adieu.
Me marcho por el pasillo cuando me atrae agarrándome por el antebrazo y me besa. Es un beso que no respondo, pero del que no me aparto. Al menos no hasta que me suelta.
Continúo con mi camino. Y la conciencia de
Danna ya está rendida, su memoria reposa.
Danna duerme en algún lugar que se ha quedado en aquel pasillo, lejos de mí. Junto a la brisa del mar, los uniformes celestes, los secretos, las promesas, los encuentros, las despedidas. Lo sueños arrastrados, las esperanzas hechas trizas.
No hay dolor o tristeza. Observo con científica curiosidad qué ha quedado de mí tras eso. No es un vacío poético, es una indiferencia quirúrgica que me llena con aire apaciguador. Me dice que ya no voy a volver a sufrir por ello nunca más, que ha llegado la hora de descansar. Y descanso es justo lo que necesito.
Deambulo por los pasillos de forma mecánica, dirigiéndome a la torre, que es donde debería estar, doy un rodeo por la mejor parte del castillo, la que más me gusta. Está cerca de la biblioteca, un pasillo largo y que da al exterior, es entretenido contar las columnas (dieciséis en total) y helarme un poco en vez de tomar la acostumbrada ruta.
Algo me detiene a medio camino, es una figura alta y estrecha, ligera como una pluma, que mira a ambos lados y saca algo de su bolsillo.
Me acerco a él saludándole con la mano y por fin me ve.
- ¿Qué tal las vacaciones?- Me fijo en la cajetilla verde y morada de los St.Elmo’s. Se limita a medio gruñirme y suspirar.
- Pasable. ¿Qué tal las tuyas?
- Pasables.
Nos miramos un instante sonriendo.
- Venga, vamos a la Sala Común.- me rodea los hombros con su brazo, acompañándome a andar.
- ¿No ibas a fumar?
- Necesito más una chimenea que un cigarro.
- Si, quizá tengas razón.- comenzamos a andar todo lo largo que es el pasillo.
Aun lleva la capa de viaje, una bufanda gruesa y negra medio holgada, una túnica azul marino y pulcra. Cuando lo veo así ya no es mi
Horace con corbata oro y grana, es otra persona. Al menos quiero conservar a mis amigos.
No se ha perdido todo, se ha perdido mucho, pero no todo.
Hacía tiempo que
Danna no era mi todo.
Era mi obsesión.
OUT:¡Bang!
Frikada/aclaración:
St.Elmo’s es random marca de tabaco del mundo mágico. Evidentemente no contiene petróleo y keroseno, no dejaría que se me muriese de cáncer.
El nombre viene del fuego de
San Elmo, con la acepción de fuego fatuo/will o' the wisp/whatever.
Cajetilla verde y morada. Horas de placer aseguradas.
Eiroco ... 3/21/2007 06:05:00 PM
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febrero 12, 2007
Horace se marchó el día 27, como casi cada año. Me hubiera gustado que se quedara, pero los asuntos familiares era mejor no tocarlos.
Después de despedirle en la Sala Común, subí pesadamente las escaleras con Coleto detrás. Antes de abrir la puerta la miré de reojo, estudiando su expresión. Des de que me había vuelto a acatarrar que había pasado largos ratos con la francesa custodiándome para que no me escapara de las mantas con las que amorosamente y cariñosamente me tapaba cada vez que podía. Pocos eran los ratos en los que había logrado escabullirme hacia el patio, aunque también eran relativamente pocas las veces que había intentado hacerlo.
Siendo sincera, no me apetecía especialmente rondar por los pasillos, aunque fuera con la bufanda calada hasta las cejas y los guantes bien puestos.
La media sonrisa que lucia Silvia no ayudo a que me atreviera a cruzar la puerta con ella. Era como si llevase tatuado en la frente “manta”, y lo que menos me apetecía entonces era ser un rollito de primavera, como lo llamaba Itszuki.
- Voy a dar un paseo...
- ¿De donde demonios sacas esas ideas?
- ...por ahí...
- ¡Estás hecha una sopa!
- ...porque necesito escapar de tus mantas.- Arqueó una ceja. Arqueé una ceja. Univelli le saltó al cuello. Fin.
Tal vez era porque Horace no volvería hasta enero, tal vez porque estaba resfriada, tal vez por ambas cosas, tal vez por otra añadida, pero el castillo me parecía más frío que la última vez que había logrado escabullirme por sus pasillos. Era obvio que faltaban alumnos, pues no te encontrabas los acostumbrados grupillos en cada esquina, ni oías los típicos grititos de entusiasmo.
Casi perfecto.
Paseé sin rumbo fijo por las diversas plantas del colegio, prestando escasa atención a mí alrededor, pero con una necesidad de caminar y ver algo distinto a la Sala Común y a mi propia habitación que rozaba lo enfermizo.
Pero mi habitual mala suerte no iba a dejar “disfrutar” del ambiente calmado del castillo.
Cerca de la enfermería oí voces. Conocidas, para más señas. Cuando giré la esquina que me permitiría confirmar quienes eran, me encontré con ese Slytherin que había ido al baile con Coleto y al ravenclaw
El tal Valandor y Maerd.
Estuve a punto de dar media vuelta y desaparecer de ahí. Tuve el instinto de justificarlo con la presencia de la serpiente, pero era estúpido negarme lo que ya había empezado a aceptar: no era por él, era por el maldito águila.
Les observé mientras me acercaba rezando para que el suelo se abriera y me tragase. No parecían amigos, cosa extraña tratándose de Dimas. Daba igual quien fuera, todo el mundo parecía su amigo. Pero esa vez no. Y la cosa quedó más clara cuando el slytherin le cogió del cuello de la camisa y se dispuso a arrearle un buen puñetazo.
Seguramente se lo mereciera. Seguro que sí. Segurísimo. Pero reaccioné casi sin darme cuenta, y de igual manera me encontré ya a su lado, apartando al ravenclaw del recorrido del puño del otro. Fruncí el ceño instintivamente, cruzamos miradas, no se cual de los dos con el ceño más fruncido, y se fue sin decir nada. Le observé mientras se largaba, dejando al fin libre la camisa de Dimas.
No miraba a Valandor por interés, pero al playboy le pareció que si, y no pudo callárselo, como no se callaba nada.
- ¿Le conoces? ¿Le has enviado también para que me de un puñetazo?
- ...Qué coño...- me di la vuelta para mirarle y atizarle yo misma si era preciso, pero como venía siendo ya habitual, mis ansias asesinas se aplacaron, esta vez por el moratón que lucía, extrañamente sin tapujos, en su mejilla. Arqueé una ceja.- ¿Que te ha pasado?
- Esta era la segunda vez que intentaban meterme hoy.- se tocó la mejilla, esbozando una sonrisa.- El pianista tiene unos buenos puños.
- ¿Heguy?
- Sí, tu primer enviado.- fruncí el ceño.
- Si te tengo que dar de hostias, puedo hacerlo yo misma.
- No hace falta...- alzó las manos, riendo. – Horace lo ha hecho por ti.
- No me culpes si te pega, algo le habrás hecho.
- Te lo hice a ti... y ha respondido él. También me ha dado unos consejos.- No contesté. Puso una mano en mi brazo.- Escucha, Lienyr...
Le observé. Otra vez esos ojos que había estado rehuyendo desde hacia días, años, sin querer darme cuenta. Los rehuí de nuevo, le aparté la mano.
Quería apartarle de mí, porque no debía estar junto a mí. Nunca. No era justo para él, no se lo merecía, aunque fuera idiota y se lo hubiera buscado. Quería volver atrás y no podía. Por él. Quise odiarle, quise tocarle, quise insultarle, quise abrazarle, le quise a secas.
Quise huir.
- No creo que quiera escucharte.
- Pero vas a hacerlo.- volvió a sujetarme por el brazo, suavemente, como antes de ser apartado.- En el baile te besé porque quise, porque quería hacerlo y me pareció el momento. Un baile, un buen vestido, tú sin rechazar mi contacto... Todo era perfecto y tenía que aprovecharlo. Y lo aproveché.- se rascó la nuca.- No contaba con que me entrara miedo a echar a perder el momento; no me rechazaste, y eso era más de lo que podía esperar, así que antes de mandarlo todo a la mierda, decidí dejarlo tal y como estaba. Ya era algo muy grande.
-...-miré hacia un lado, esperando encontrar una salida. Quería huir más que nunca. Sus palabras me hacían sentir mal, sucia, peor persona de lo que era. Me hacían sentir culpable.- ¿Por qué te quería pegar ese slytherin?- parpadeó, alzó las cejas y entreabrió la boca.
- ¿Me has escuchado?- asentí.- ¿Y me cambias de tema? Te estoy explicando por que hice lo que hice casi con pelos y señales. Te lo puedo explicar de forma más concisa...
- No hace falta.
- Pero quiero estar seguro de que entiendas lo que te digo.- fruncí el ceño.
- Lo entiendo.
- ¿Entonces?
- No me gusta que jueguen conmigo.
- ¿Y quien está jugando? No estoy jugando, te estoy diciendo la verdad. Te estoy diciendo que me conformé con eso porque ya no aspiro a que me quieras. Te quiero y aproveché la ocasión para quererte, pero no puedo obligarte a nada.
Dejé de fruncir el ceño y de aparentar una seriedad y un enfado que no sentía. Sólo sentía tristeza, y eso fue lo único que mostré.
- No pongas esa cara.- movió la mano con la que me había estado sujetando hacia mi cuello y acarició tenuemente mi mejilla. Se me erizó la piel. Sonrió.- No puedo obligarte, pero sí puedo intentar que me correspondas.- se rió y añadió con tono despreocupado:- Puedes decirme que me quieres.
- Dimas...
- ¿Vas a decirme que me quieres?
- ¡No!
- Pues has empezado como si fueras a decirlo.- volví a suspirar.
No había nada que hacer.
Utena ... 2/12/2007 12:34:00 AM
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