Es ya madrugada y me retiro a mi habitación a dormir. El grupito se ha quedado de piedra con la historia de la Leyenda del Diablo Rojo, pero no es para menos. Lo que no entiendo es por qué tienen tan idolatrado al medio-rojo. De la mestiza verde no me extraña, pero los otros... Dragones de pura cepa admirando a un simple y miserable medio-rojo. La sola idea me produce un desagradable escalofrío.
Al fondo del pasillo veo a la pequeña negra sentada en la ventana. Seguro que ha estado llorando al enterarse de las cuatro verdades de su "ídolo". Maldito bastardo. Hummm, ¿y si...?
— Eh, Nayla —me acerco y me pongo a su lado—. Tu nombre es ese, ¿no?
— ... —ella no contesta. Normal...
— Los caballeros andantes no existen —le digo mirándole a la cara, con una media sonrisa.
— Déjame —refunfuña.
— Sabes que lo de la leyenda es cierto.
— ¡Meteoro ya no es así!
— ¿Ah no? Yo no creo eso. La gente no cambia de la noche a la mañana... Y menos guerreros como nosotros.
— Él sí.
— ¿Entonces por qué te ocultó lo que hizo?
— No me lo ocultó... —qué poco convencimiento...
— ¿No? ¿Entonces por qué te lo he dicho yo en lugar de él?
— Meteoro es reservado con su pasado. Tal vez no hubiera la suficiente confianza, o...
— Cierto. Quizás él no confía en ti.
Sé que la última frase le ha dolido, aunque no es más que la pura verdad. La dejo en la ventana y entro a mi habitación, dispuesto a tener dulces sueños.
.·: ~~~~~~~~~~~~~~ :·.
Ya han pasado casi dos días y el medio-rojo sigue sin dar señales de vida. Aunque se enfrentaba a simple escoria humana, quizás sea tan debilucho que le hayan dado una buena paliza. De todos modos, seguro que vuelve. Sus compañeros se han pasado todo el tiempo buscándole sin ningún resultado. Yo les digo que si no han encontrado el cuerpo, es que es buena señal, aunque parece no hacerles mucha gracia...
Estamos ya cenando cuando la puerta de la taberna se abre: el mestizo acompañado de... de... ¡¡¡un humano!!! ¿Pero qué demonios hace un maldito humano aquí?
— ¡Meteoro! —los de su grupo salen corriendo a recibirle. El parece pasar de todos un poco y se dirige hacia la negra, a decirle unas palabras. Yo no puedo apartar la vista del humano.
— Eh, medio-rojo, ¿qué coño es eso?
Todos se giran para buscar a qué me refiero.
Inclusive el humano, menudo bastardo. Sigo mirándole fijamente, hasta que se da cuenta que me refiero a él.
— Mi nombre es
Wojnar, Woj-nar, no "eso". Si quieres diminutivos, llámame Woj.
Lo ignoro y paso a mirar al mestizo. ¿Cómo se atreve a traer un humano aquí?
— ¿Por qué lo has traído?
— Eso deberías preguntárselo a él —se encoge de hombros.
Molesto, vuelvo de nuevo la vista hacia el humano.
— ¿Qué demonios haces aquí?
— Pues acompañarle y vigilar que no haga mucho esfuerzo con el cuerpo, tal como lo tiene...
Je. Así que un
humano cuidando a un mestizo. Qué triste espectáculo.
— ¿Qué pasa, medio-rojo, ahora te cuidan niños humanos?
— Sé cuidarme yo solito muy bien, gracias. Lo suyo ha sido... casualidad.
— ¡Y tú deja de llamarme humano!
Rápida mirada fulminante hacia la escoria. ¿¡Cómo se atreve!?
No habían transcurrido ni tres horas desde su despertar, cuando aquel cabezota abandonaba la “dulce posada” a toda velocidad sin casi darme tiempo de decirles adiós a Crite y las demás chicas.
-Eh!! Don cabezota!!- me ignoró completamente, Aceleré el paso hasta alcanzar su velocidad- al menos trata de no dar esas zancadas. Mandaras los puntos de sutura a la porra, y puedo asegurarte que yo no te lo arreglaré, porque aunque sé coser heridas lo que tú tienes en el cuerpo es una verdadera artesanía.
-No te he pedido que me cosas, no te he pedido que me sigas, no te he pedido que me salves, y- giró un momento sus ojos hacia mi- deja de llamarme cabezota.
-Entonces dime a que nombre respondes ¿no?-sonreí.
-Ruye- su forma de hablar imponía respeto. Seria, fría y cortante. Aun así no parecía mal tipo, y era tan divertido cabrearle...
-Me gusta más cabezón.
Bajamos los dos por las calles de Carfana a paso rápido. No tenía ni idea de adonde nos dirigíamos. Solo le seguía, aunque no sabía muy bien porque.
Hablé yo todo el camino. De nada en concreto, sólo trataba de encontrar un tema de conversación, aunque no lo logré.
-...aún así tienes que tener cuidado- me agarre de la manga de su camisa- esta no a sido tu primera pelea ¿no? Tenias muchas cicatrices en el cuerpo antiguas....se ve que tu especialidad es meterte en líos chungos ¿no?
-No es asunto tuyo- me colgué de su brazo.
-No te hagas el remolón- le miré ampliando mi sonrisa mas inocente-si te buscan no te denunciaré.
-A mi no me busca nadie- ni me miró. Lastima.
-Si claro... y yo soy monja.- No me percaté del momento en que se liberó de mi agarre. Caminaba unos pasos por delante de mí, con cierta elegancia pese a su estado. La verdad, de haber estado en su lugar dudo que pudiera hacer más que arrastrarme.
De repente se detuvo, no me dio tiempo a frenar y topé con su espalda.
-Ahí venden comida- solo dijo eso. Una autentica ricura animal.
-sep...pero no sirven a semidragones- señalé el cartel. Un garabato hiriente en el que se dejaba claro que o se permitía la entrada de dragones, mestizos ni animales. El pelirrojo lanzó un débil gruñido.
-Pues entra tú.
-Aunque entre-suspiré-no me van a vender nada. El tío de la tienda se toma en serio su prohibición yo ya he intentado que me venda cosas..pero...la ultima vez...
-Espera, espera-me interrumpió- tu no eres dragón.
-Nop-sonrisa.
-Dime por favor que brotaste a partir de una seta o te caíste de un árbol.
-Noo- extendí mi mano derecha-mi mamá era dragón...plateado.
-¿y tu padre era la seta?- realmente le gustaba interrumpirme.
-No. Era humano.
-Y luego me pregunto porque no somos una raza fuerte- murmuró.
-Conozco un sitio donde nos atenderán. Es rápido, limpio y esta bueno. No queda muy lejos de aquí.
Me miró poniendo los ojos en blanco. Sonreí. Verdaderamente mono.
Ante nosotros se extendía desde hacia ya bastante tiempo el mercado. Desde niño me han gustado los mercados. En ellos soy igual. Solo un chico que compra.
Me mantenía cerca de Ruye. Zanjada la conversación sobre mis orígenes no había vuelto a abrir la boca, de modo que seguí con el tema.
-Yo ya sabía que eras mitad rojo, lo vi cuando te encontré.
-Ya- miró un instante una parada de verduras.
-Imagino que dominas el fuego ¿no?
-si- Habíamos vuelto a los monosílabos. Mal.
-Mi elemento afín es el viento.
-Ajá- bué...al menos ya eran dos sílabas.
Dio un mordisco a una manzana que tenía en la mano ¿dónde la había comprado?
Decidí dejar de hablar. Comenzaba a molestarme la actitud de “paso-de-ti-y-de-tu-cara” que había mostrado desde hacia tres calles.
Torció por un callejón. Realmente le gustaban los callejones sombríos. Como si buscara alejarse de a sociedad. O de los problemas.
- Estas empezando a hartarme así que dime que cojones quieres.
-Eh oye! Que demonios dices- volví a clavarle el dedo en el pecho. El me tapó la boca antes de que siguiera cagándome en todo lo que se me pasara por mente.
Sus ojos miraron un segundo a nuestra espalda. No, no me hablaba a mí, sino a alguien que apenas tardó unos segundos en aparecer.
Era alto, moreno...unos treinta y tantos....me resultaba familiar.
-De ti nada, solo tengo algo pendiente con el mocoso- realmente me resultaba conocido...pero....¿de donde?
-¿Nos conocemos?- sonreí inocentemente tratando de ablandar su cara de pocos amigos.
-¿Ni siquiera recuerdas a la gente que pasa por tu cama?- me mostró lo que llevaba en la mano. Cabello.
-Mi trenza!!- Claro que le recordaba! ahora si. Maldito hijo de su madre.
-Perfecto. Y ahora que me recuerdas...-no dijo nada más. De un solo gesto hizo brotar de su cuerpo...viento, que se dirigió a mí a toda velocidad.
-Mie...-cerré los ojos con fuerza y esperé el impacto. Pero no llegó nunca. Abrí los ojos para encontrar la espalda de Ruye a escasos dos centímetros de mi nariz. Extendía su brazo en perpendicular al cuerpo, y lo mantuvo así un par de segundos. Cuando se apartó, el tipo estaba en el suelo. Quise acercarme.
-Está vivo, no temas por eso.- Le miré. En aquel momento sentí cierto miedo. Creo que desconcierto es la palabra. ¿Qué había hecho? Miré su brazo, y después rápidamente el resto de su cuerpo. No había heridas, de ningún tipo. Ni siquiera se le habían abierto los puntos. ¿Había parado ese ataque, y derribado al tipo de un solo gesto? Imposible...o...
-Y no se supone....comenzó a hablar lentamente en tono bastante paternal- ¿qué sabes usar la magia?
-Sip- me repuse sonriendo. Junté mis manos y un pequeño remolino apareció en ellas. Se lo mostré con una sonrisa- ¿a que es cuco?
-¿eso es todo?- ñañaña mira que le divertía poner pegas a todo lo mío.
-Soy de los que opta siempre por la opción pacifica. Correr.
- Con tipos así persiguiéndote, me sorprende que sigas vivo- comenzó a andar y le seguí.
-¿A mi? A mi no me persigue nadie- mentí.
-Si, claro...y yo soy monja- dijo imitando mi tono. Me eché a reír y le seguí. Teníamos que salir pronto del callejón, no fuera que con el estruendo, aquello comenzara a llenarse...